| Key Biscayne, Florida. Durante la última década casi siempre he ido a la misma playa; queda en Key Biscayne, a
un ladito del downtown de Miami. Antes de llegar hay que cruzar dos puentes. Y ya
desde ahí sientes la distancia con el resto de la ciudad: la brisa que te despeina, la
luz -fuerte, penetrante- el color café azuloso de un mar poco profundo, el sabor a sal en
la piel. Lo mejor, sin embargo, es llegar a la playa y quitarse los zapatos para ir a
tocar el agua. Ahhh, qué rico.
No soy un
conocedor de los oceanos pero ésta playa sí la conozco. Sé cuándo hay aguamala y
cuándo las algas se amontonan en la orilla. Sé dónde se forman los bancos de arena y
cuándo el mar está picado. Sé dónde se acumula la gente y dónde puedo leer y ver a
mis hijos jugar sin molestar ni ser molestado. Sé cuándo hay que llevar una sombrilla y
cuándo basta un par de lentes oscuros. Y también sé que "mi" playa -es sólo
una forma de decirlo- está desapareciendo.
No hay que ser ningún científico para darse cuenta que
la playa a la que voy en Key Biscayne se está erosionando y es cada vez más pequeña.
Antes podía correr hasta caer aplastado en el mar. Ahora sólo doy unos pasitos para
mojarme. Calculo que la playa ha perdido, por lo menos, un metro (uno poco más de tres
pies) por año. Es tan solo la mitad de lo que era cuando fui por primera vez. Y si la
erosión sigue al mismo ritmo, muy pronto no habrá más playa; sólo encontraré un
pedazo de mar tras un muro de cemento.
En un momento dado llegué a pensar que se trataba de una
temporada de marea inusualmente alta. Pero el mar nunca regresó de donde vino; se quedó
atrincherado en tierra virgen. Luego hubo una o dos tormentas que se robaron toneladas de
arena y le quitó la suavidad de colchoncito a la playa. Y, finalmente, la poca arena que
quedó se ha ido humedeciendo; cerca de la orilla no hay toalla que aguante.
Lo triste es que lo mismo que está ocurriendo en muchas
playas de la Florida se repite en todo el mundo. La tierra se está calentando, los polos
se derriten, el mar -ante las altas temperaturas- se expande, las playas se pierden y
poblaciones enteras en el orbe corren el peligro de quedar bajo el agua. Esa es la
realidad. ¿La causa?: los contaminantes que echamos al aire.
En los últimos 100 años la temperatura promedio de la
tierra aumentó un grado farenheit; de 57 a 58 grados, según investigaciones hechas por
la National Geographic Society. Y se podría argumentar que un grado no es nada,
pero en el exquisito balance del planeta sí lo es. Debido a ese grado más de
temperatura, el nivel de los oceanos subió unos 16 centímentos (seis pulgadas). Y ese
pequeño aumento ha hecho que se erosionen playas, que se inunden tierras bajas, que
aumente la salinidad de lagos y ríos, y que se pongan en alerta muchas construcciones a
dos kilometros o menos del mar.
Y lo peor está por venir. Si la temperatura de la tierra
pasa de 58 a 62 grados farenheit en los próximos cien anos -como temen algunos
científicos- el nivel de los oceanos continuará subiendo, islas enteras desaparecerán,
las inundaciones en zonas costeras serán frecuentes y podría haber muchos más huracanes
que antes.
No exagero. De acuerdo con información de las Naciones
Unidas (en concreto del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) un aumento de 50
centímetros (o 19 pulgadas) en el nivel del mar podría provocar inundaciones en la mitad
de las zonas costeras de norteamérica y porcentajes similares en el caribe, convertiría
a varias islas de las Maldivas (en el oceáno Indico) en sumergidos bancos de arena y las
islas Marshall (en el pacífico sur) perderían 60 hectáreas de su territorio. Es la
mordida del mar.
El caso más grave es el de un país llamado Kiribati. Es
un puntito en el mapa; está al norte de Nueva Zelanda y al suroeste de Hawaii. Es un
grupito de 36 islas (810 kilómetros cuadrados en total) que se independizaron de Gran
Bretaña en 1979. No pasan de los 90 mil habitantes. Y en unas décadas podrían quedar
bajo el agua. Si el nivel del oceáno pacífico sube un metro (poco más de tres pies),
una octava parte de su territorio se lo comerá el agua. Su sobrevivencia está en juego.
Y todo esto ocurre, desde Kiribati hasta Key Biscayne,
por los contaminantes que ponemos en la atmósfera. Dichos contaminantes -sobre todo los
de las naciones más desarrolladas- destruyen la capa que protege al planeta y las
consecuencias son inapelables: el aumento de la temperatura global y la expansión de los
mares. (Naciones Unidas tiene un reporte muy completo al respecto en la internet: http://www.ipcc.ch
En todo el mundo están apuntando el dedo acusador al
gobierno del presidente George W. Bush quien se negó a ratificar el llamado Protocolo de
Kyoto que hubiera comprometido a Estados Unidos a limitar, como casi todas las otras
naciones del mundo, la contaminación ambiental. Estados Unidos, además de ser la primera
potencia económica y militar, es también el principal contaminante del mundo. Punto. Y
con esta actitud calificada como "irresponsable", incluso por sus aliados,
Estados Unidos contribuye al calentamiento de la tierra.
Los necios insisten en que todo esto no es cierto; dicen
que el leve cambio climático es reversible o que se trata de un simple tropezón de la
naturaleza. Y siguen echando su humo. Al hacerlo, nos ponen el agua al cuello. Pero
independientemente de lo que digan, yo tengo dos pruebas irrefutables de que el
calentamiento de la tierra es real: a Kiribati se lo está tragando el mar -no es cuento-
y yo estoy perdiendo "mi" playa en Key Biscayne. |