13 de
Septiembre del 2001
Miami. Nos
habíamos levantado temprano y Nicolás estaba muy contento. Días atrás mi hijo había
comenzado la escuela y ya le estaba perdiendo el miedo a quedarse sin sus padres por unas
horas. Pero cada vez que lo acompañaba para dejarlo en el colegio, me señalaba con su
dedito al cielo y decía: "Mira, papá, esa es mi bandera". Esa mañana
parecían flotar las 13 franjas horizontales rojas y blancas con las cincuenta estrellas
enterradas en el azul. Se refería por supuesto a la bandera norteamericana.
Ese martes once de septiembre del 2001 me quedé unos minutos más
en la escuela y vi a mi hijo Nicolás ponerse la mano en el pecho, al igual que cientos de
sus compañeros de primaria, y declamar en inglés: " I pledge allegiance to the
flag of the United States of America..." Me enterneció ver a un niño de apenas
tres años de edad repetir, si bien mecánicamente, el saludo a la bandera de Estados
Unidos. Soy mexicano (mas bien, muy mexicano) pero Estados Unidos me ha dado las
oportunidades que no encontré en mi país y, además, mis dos hijos nacieron en esta
nación de inmigrantes.
Salí contento de la escuela y regresé corriendo a casa,
para hacer un poco de ejercicio, seguido por mi perro Sunset. Tras una ligera llovizna el
sol peleaba con las nubes y me quemaba la cara. Era una mañana típica del sueño
americano: casa en los suburbios, un buen trabajo, dos hijos maravillosos y el futuro
asegurado.
En todo tenía razón, menos en lo de futuro asegurado.
Cuando llegué a la casa fui a la cocina a tomar un poco
de agua y mi esposa Lisa recibió una llamada por teléfono. Era una amiga. Colgó
inmediatamente y la vi correr para encender el televisor. No le hice mucho caso, hasta que
gritó: "¡Nooo puede ser!" Las imágenes de la televisión transmitían a nivel
nacional el extrañísimo caso de un avión enterrado en una de las torres gemelas del
World Trade Center de Nueva York. Nos paramos, mudos, frente al televisor. Y ahí mismo
vimos atónitos cómo otro avión comercial se estrellaba contra la segunda torre causando
una enorme explosión.
"¿Qué es esto?", dije en voz alta.
"¿Qué está pasando?" La posibilidad de un accidente quedaba desvanecida con
el choque de la segunda aeronave. Una falla en la torre de control de alguno de los tres
aeropuertos de Nueva York habría sido detectada y corregida por cualquier piloto
experimentado. Sí, la única posibilidad factible era la de un acto terrorista.
Hice un par de llamadas a la oficina -como periodista
vivo de lo inusual, de lo repentino y hay mañanas en que no sé en qué país del mundo
acabaré durmiendo- y me fui a dar un duchazo. El plan era irme directo al aeropuerto y
tomar el primer vuelo de Miami a Nueva York. Lisa me sorprendió cuando jalaba una toalla
tras salir de la bañera. "Bombardearon también el Pentágono", me informó y
se echó a llorar.
El mundo lineal, seguro, tranquilo, que sólo unos
minutos antes había vislumbrado para mi hijo Nicolás se transformó en un escenario
caótico, impredecible, lleno de miedos. Y Estados Unidos que estaba muy mal acostumbrado
a pelear fuera de su territorio y a sentirse prácticamente invulnerable a ataques
terroristas internacionales hincaba la rodilla por unos angustiantes momentos. El ataque
había sido audaz, cruel y bien planeado. Luego vendrían los mares bipartidistas de
patriotismo y el contraataque. Pero la inocencia estaba perdida.
Por supuesto, no me pude ir a Nueva York en avión. Todos
los aeropuertos del país cerraron. Y la ciudad de la que Frank Sinatra aseguró que nunca
duerme -...a city that doesnt sleep- durmió. Aterrada. Desencantada. Sin
cantos.
Doce, 13, 14, 15 horas pasé en la televisión reportando
sobre el peor día en la historia de Estados Unidos en lo que se refiere al número de
muertos por un acto terrorista o de guerra. Y describí 100, 200, mil veces cómo un
avión se estrellaba en las torres gemelas de Nueva York y cómo unos muñequitos
desesperados se tiraban al vacío para no morir calcinados.
Desde las nueve y media de la mañana hasta las ocho y
media de la noche de ese martes el presidente George W. Bush prácticamente desapareció
del mapa. Había "evidencia creíble", diría luego el portavoz presidencial, de
que la Casa Blanca y el avión presidencial estaban también en la lista de objetivos
terroristas.
Así que el Air Force One, como chapulín supersónico,
saltó de Sarasota en la Florida (donde sorprendió a Bush el primer ataque) a una base
aerea en Lousiana a otra en Nebraska a otra en Virginia. El presidente, ausente pero
seguro, reapareció en vivo para dar un discurso a la nación a las 8 y 32 de la noche del
martes en la Casa Blanca a donde había llegado esa misma tarde.
Quizás no hubo vacío de autoridad durante esas
larguísimas horas en que no vimos ni escuchamos en los medios de comunicación a Bush ni
a ninguno de sus ministros o colaboradores. Quizás todas las órdenes fueron dadas desde
el avión. Quizás ahí estaba el mandatario en pleno control. Quizás. El código Delta
-una operación de emergencia antiterrorista- estaba en efecto. La seguridad era la
prioridad. Pero poder que no se ve, poder que no se ejerce.
La noche terminó con los mismos aviones destruyendo las
mismas torres y las mismas imágenes de seres desesperados lanzándonse al vacío.
Cuando por fin salí de los estudios de televisión
estaba lloviendo. No abrí el paraguas y caminé, lento, hacia el auto. Prendí el radio
para escuchar aún más noticias. No pude más. Apreté el botón que dice CD y oí a
Madonna cantar hey mister D.J.... Mi mente, lo admito, descansó.
Llegué a casa, comí un sándwich de mantequilla,
preparé leche con chocolate -como cuando era niño- y me metí a la regadera. Al salir
fui al cuarto de Nicolás y le toqué el estómago en un ritual que sigo desde que nació.
Sí, estaba respirando. Y respiré. Aliviado.
Así, el mismo martes que Estados Unidos perdió su
inocencia yo perdí la convicción de que el futuro de mi hijo Nicolás sería mejor que
el mío. Lo despeiné suave, delicadamente, mientras dormía y me acordé que esa misma
mañana me dijo orgulloso en su escuela: "Mira, papá, esa es mi bandera." |