| Estos son tiempos difíciles
para los inmigrantes en Estados Unidos. Pero no debería ser así. En estos momentos hay
una injustificada persecución en contra de todos aquellos que son percibidos como
extranjeros e incluso contra los que hablan el inglés con acento. Es cierto, los 19
terroristas que secuestraron cuatro aviones y ocasionaron cerca de siete mil muertes el
pasado martes 11 de septiembre eran extranjeros. Pero ahora justos están pagando por
pecadores. La decisión del procurador de justicia,
John Ashcroft, de extender de 24 a 48 horas las detenciones de inmigrantes sospechosos de
estar vinculados a actividades terroristas se justifica en el clima de temor que vive el
país. Nadie quiere otro ataque como el que derrumbó las torres gemelas del World Trade
Center y que destruyó parte del Pentágono. Sin embargo, las clarísimas fallas en los
servicios de inteligencia y en la seguridad de los aeropuertos no deben tener como chivo
expiatorio a los inmigrantes.
Los casi 29 millones de extranjeros que viven en Estados
Unidos (incluyendo a los más de seis millones de inmigrantes indocumentados) no son
culpables de los recientes actos terroristas. Pero en algunos casos están siendo tratados
como si lo fueran.
Hay múltiples reportes de actos de violencia en contra
de musulmanes y sikhs en las últimas semanas. El presidente George W. Bush ha hecho lo
correcto al reunirse con los líderes de ambas comunidades aquí en Estados Unidos. Sin
embargo, ese gesto simbólico no es suficiente.
Mi vecino es un doctor de Egipto. La mejor amiga de mi
hija es de origen sirio y jordano. Sé que ambos resentirían enormemente que se les
identificara, de alguna manera, con los terroristas. Y en los últimos días me he
enterado de árabes que prefieren mantener un perfil bajo -sin viajar ni presentarse en
lugares públicos- a correr el riesgo de ser atacados verbal y físicamente. La
intolerancia es la característica principal de los terroristas y fundamentalistas; no
debe ser la de Estados Unidos.
Los actos de discriminación y racismo después de los
ataques terroristas en Washington, Nueva York y Pennsylvania se han extendido, también, a
otros grupos étnicos y minorías, particularmente la latina. (El censo corrobora que hay
más hispanos que afroamericanos en el país.) Y estos actos de rechazo van desde miradas
de reojo y enojo por hablar un idioma distinto al inglés en un avión -como lo percibí
recientemente en un vuelo de Nueva York a Miami- hasta las detenciones injustificadas de
inmigrantes en aeropuertos, carreteras y fronteras.
Como cambian las cosas en un par de semanas. No hace
mucho el presidente Bush dijo que "Estados Unidos no tiene una relación más
importante en el mundo que su relación con México" y se comprometió con el
presidente Vicente Fox a buscar formas de legalizar a tres millones y medio de mexicanos
indocumentados. Ahora, el tema migratorio ha dejado de ser una prioridad para la Casa
Blanca y el congreso. Incluso Bush, en un obvio cambio de actitud, ha declarado que
"América no tiene un amigo más verdadero que Gran Bretaña". Tony Blair, el
primer ministro británico, es el nuevo "mejor amigo" de Bush. Sorry,
Vicente.
De hecho, lo que muchos se preguntan en Washington es
¿dónde está Fox? Blair, el presidente de Francia y el primer ministro de Canadá han
viajado a la capital norteamericana a expresar su apoyo. Fox todavía no lo hace. Quizás
le preocupa la reacción en el congreso mexicano. Pero las acusaciones de entreguismo y
proyanquismo al gobierno de Fox y a su moderno y directo canciller, Jorge Castañeda,
provienen de diputados de la vieja guardia antidemocrática y de los trasnochados que aún
quisieran ver a un México aislado del mundo. Estos son otros tiempos. El ataque al Wall
Trade Center también fue un ataque a México; varios mexicanos murieron ahí. Y México,
como cualquier otro país, está amenazado por el terrorismo. Bien haría Fox en llevar
sus botitas a Washington.
Además, Fox tiene que seguir presionando por la agenda
migratoria. A muchos puede no parecerlo, pero este es un momento muy apropiado para
proponer la legalización de millones de indocumentados. Estos inmigrantes contribuyeron
al pasado boom de la economía norteamericana y, sin duda, su mano de obra barata y
extraordinaria ética de trabajo contribuirán a que Estados Unidos salga del atolladero
financiero en que se encuentra. Y aquí es muy importante resaltar que todos los
inmigrantes -legales e indocumentados- contribuyen cada año 10 mil millones de dólares a
la economía norteamericana de acuerdo con un estudio de la Academia de Ciencias. Los
inmigrantes pagan impuestos, generan trabajos, mantienen controlada la inflación y ocupan
empleos que la mayoría de los norteamericanos no desea. Los inmigrantes empujan al país;
no son una carga.
En la cobertura nacional de la tragedia que ha vivido
Estados Unidos, la mayoría de los medios de comunicación en inglés se han olvidado de
mostrar las maravillosas muestras de patriotismo de los inmigrantes que viven en Estados
Unidos. Inmigrantes cubanos, mexicanos, centroamericanos, árabes, africanos y asiáticos
han salido en defensa de Estados Unidos con un fervor sólo equiparable al de los
ciudadanos norteamericanos.
El presidente Bush y el congreso tienen, en estos
momentos de crisis, la oportunidad de obtener el apoyo y dar las gracias a estos
inmigrantes -uno de cada 10 habitantes de Estados Unidos nació en otro país- extendiendo
una regularización de su estatus migratorio a quienes viven en peligro de deportación.
Para quienes creen que este no es el momento apropiado, basta decir que acabar de un
plumazo con la subclase de los indocumentados en Estados Unidos haría más fácil para
los servicios de inteligencia identificar a los verdaderos terroristas. Y al mismo tiempo,
ayudaría a establecer un método más ordenado de ingreso de extranjeros al país.
Actuar con intolerancia nos asemeja a nuestros enemigos.
Los inmigrantes -y yo soy de México- no debemos ser las otras víctimas del terrorismo en
Estados Unidos. |