| Jalalabad, Afganistán. Crucé
a pie la frontera de Pakistán a Afganistán. No hay zona fronteriza sin conflictos. Pero
Tijuana (entre México y Estados Unidos) es el paraíso terrenal comparada con Torkham. Un soldado pakistaní abrió una enorme y oxidada reja para que yo
pudiera cruzar la frontera, mientras otros dos o tres guardias trataban de evitar a gritos
y golpes que se colaran a Pakistán un puñado de refugiados afganos. Entré a Afganistán
a empujones.
Llevaba una carta que, supuestamente, me permitiría
llegar sano y salvo a Jalalabad con la compañia de guerrilleros bajo el mando de Haji
Zaman, uno de los tres jefes tribales que se han repartido la provincia de Nangahar tras
la huída de los talibanes. Pero su gente brillaba por su ausencia en la frontera.
En cambio, uno de los lugartenientes de Haji Qadir -otro
de los líderes- al verme medio perdido se me acercó para proponerme que, por 100
dólares, sus guardias me llevarían a Jalalabad. No tuve otra opción. Así, rodeado de
tres perfectos desconocidos tomé una destartalada camioneta Toyota para recorrer los casi
80 kilómetros. Kafir, un soldado de 20 años, se acomodó junto a mí en el asiento de
atrás. No me alivió mucho los nervios que su fusil Kalashnikov, apoyado en el piso de la
camioneta, brincaba con los hoyos del camino y a veces terminaba apuntándome exactamente
debajo del mentón. Ruleta afgana, pensé. Me sudaban copiosamente las manos mientras
pensaba: ¡que diablos hago aquí!
En un inglés con acento pashto -la lengua del lugar-
Kafir me preguntó mi opinión sobre Osama bin Laden. Pero percibiendo una pregunta
capciosa me resistí a decirle que Osama me parecía un impresentable y cobarde criminal.
Poco después aplaudí mi prudencia al escuchar que él, Kafir, era un seguidor del líder
terrorista: "I am a follower of Osama". Me quedé helado y sólo alcancé
a decir "ok". Los dos vimos hacia adelante y el fusil siguió brincando en el
piso, entre sus rodillas.
Durante todo ese trayecto no pude dejar de pensar en los
cuatro periodistas asesinados el pasado 19 de noviembre en una carretera de Afganistán.
Más que en combate, los reporteros muertos en esta guerra han perecido por robos o
asaltos en los poco transitados caminos del país.
En Afganistán no aceptan Visa o American Express y para
los guerrilleros, los periodistas llevamos en la frente el símbolo de cash. Para
alguien que está acostumbrado a ganar 20 dólares al mes, la cartera de un periodista
extranjero es un verdadero botín. En ningún país del mundo me he sentido tan frágil y
vulnerble como aquí. Pero, diferencias políticas aparte, Kafir y sus secuaces me
ayudaron a pasar por todos los retenes sin un rasguño antes de depositarme en el mugroso
hotel Spinghar de Jalalabad, el centro extraoficial de reunión y albergue de los
corresponsales extranjeros en esa parte del país.
Jalalabad -que sería una grosera exageración calificar
de ciudad- refleja claramente los problemas que enfrentará el Afganistán de la
posguerra. Esta es tierra de nadie. O, más bien, un lugar que muchos se disputan pero que
carece de un gobierno fuerte, policía eficiente y cierto sentido de orden. Ese es el
peligro. La escapada de los talibanes dejó un escabroso vacío de autoridad en
Afganistán.
En el mercado de Jalalabad (entre flacas y descoloridas
zanahorias, cerros de lana recien afeitada y abundante hashish) se pasean nerviosos los
muchachos iletrados y armados de los tres jefes tribales. Constantemente se están
disputando pequeños pedazos de territorio: el mercado, la carretera de Jalalabad a Kabul,
la entrada al único hotel. Y tratan de imponer su autoridad, con la fuerza de las armas,
con frecuentes retenes. Las peleas son cosa de todos los días. Y no es extraños escuchar
tiros al aire. A los afganos les encanta discutir pero siempre me quedó la impresión que
sus gritos en un ambiente tan cargado de tensión pudieran ser el preludio de una descarga
de ametralladoras.
Además, los ahora ex-talibanes están mezclados con el
resto de la población y me fue imposible dar unos pasos sin sentir en mi nuca la mirada
curiosa del que nunca ha visto a un extranjero
pero que ha sido adoctrinado a
odiarlo. O, la menos, resentirlo. En las calles de Jalalabad me llevé un buen par de
empujones y de -supongo- insultos en pashto (que por supuesto no entendí y qué bueno).
Ahora, me da mucha pena reportar que las mujeres de
Jalalabad siguen tan reprimidas como en la época de los talibanes. Por principio, las
mujeres no aparecen en la vida pública. Vi a niñas y ancianas, estas últimas cubieras
totalmente con la tradicional burka. Pero no vi la cara de una sola adolescente o mujer
jóven en más de tres días. En el Afganistán postalibán ya se puede oir música, ver
televisión y volar papalotes (o cometas). Sin embargo, las mujeres no tienen ni voz ni
voto.
Esta provincia de Nangarhar es más conservadora que,
digamos, la capital de Kabul. Pero Afganstán está décadas atrás de la igualdad de los
sexos en ingresos, oportunidades de empleo y educación. Basta decir que antes de la
guerra de cada 100 estudiantes de primaria sólo seis eran niñas. En la parte del mundo
de donde yo vengo a este tipo de burda discriminación le llamamos machismo. Aquí no. En
Afganistán -me aseguran- es una centenaria tradición el papel sumiso y secundario de la
mujer. Desafortanadamente no se lo pude preguntar a ninguna mujer. Los hombres no me lo
permitieron. "La única posesión de muchos hombres musulmanes es su mujer", me
contó a manera de explicación alguien que nunca ha dejado salir sóla a su esposa.
Si Jalalabad es un microcosmos de la pobreza, violencia y
discriminación sexual que le espera a Afganistán, estoy seguro que la paz será mucho
más difícil de ganar que la guerra contra los talibanes. Inshala. |