| Campamento de refugiados a
las afueras de Jalalabad, Afganistán. Llamaba su atención tanto como ellos a mí. Me
veían mirarlos y los veía mirarme. Durante seis años el gobierno talibán había
prohibido la entrada de extranjeros y era obvio que los niños de este campo de refugiados
nunca habían visto uno. Notaban con curiosidad mis
jeans, botas y las cámaras de fotografía y video que colgaban de mi cuello. Estoy seguro
que uno de esos niños afganos llegó a pensar: este tipo usa unos collares muy raros. Yo,
en cambio, quería leer los mapas de angustia y pobreza que llevaban marcados en sus
caras.
Niños-arena. Su piel cuarteada como tierra en sequía
estaba a punto de reventar. Son niños que no conocen un peine; su pelo se ha endurecido
por años de viento, arena del desierto y ausencia de shampú o jabón. Sus manos son
cafés y rugosas, como de madera y lija. Sus rostros dicen cinco, seis, siete años; sus
ojos, en cambio, comunican la angustia de un anciano que ha visto la muerte muy de cerca.
Nunca han tomado un vaso de leche o se han lavado la cara con agua limpia. Y sus juguetes
son unos palitos de los que cuelgan de un hilo cartones en forma de autos.
Lejos de sus preocupaciones estaba la cacería del hombre
más buscado del mundo -Osama bin Laden- o la instauración del nuevo primer ministro,
Hamid Karzai, que tiene la imposible labor de unir Afganistán. No, la preocupación
inmediata de estos niños de la guerra era sobrevivir.
En esta población de guerreros encontré muchos ojos
claros, más verdes que azules. Pelo rubio, de sol y de polvo. Y estómagos vacíos,
chillantes, desesperados.
La guerra en Afganistán provocó un éxodo de más de
cuatro millones de refugiados, la mayoría de los cuales se asentaron en Pakistán. Pero
también había muchos desplazados internos; una de cada cinco familias afganas tuvo que
dejar su casa y huir con sus niños. Y los niños que encontré aquí, que son los más
pobres del planeta, se siguen sonriendo y yo no sé de qué.
Me asombró mucho la violencia con que son tratados
públicamente los niños en Afganistán. Son frecuentes las escenas de padres,
guerrilleros y guardias ahuyentando a los niños con palos y pedazos de hule -o
sencillamente levantándoles una mano amenazante- como si se trataran de moscas
revoltosas. Me dio mucha pena. Son niños cuya curiosidad y alegría es apagada muy pronto
a golpes.
Sin embargo, la peor violencia que sufren estos niños
afganos de la guerra es el hambre. Fawad Haider del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo me contó que dos de cada tres niños menores de 14 años tienen que dejar la
escuela y trabajar para ayudar a la subsistencia familiar. Ese es su cálculo de experto
en el tema aunque no hay ningún estudio fiable al respecto. La realidad puede ser peor.
Los niños afganos pierden su infancia (y a veces la vida) poco después de nacer.
El campamento que visité, en la carretera de Jalalabad a
Torkham, consiste en cientos de casas de campaña. No hay agua, ni electricidad, ni
baños. "Cuidado con las minas", me advirtió medio en broma mi guía,
refiriéndose a los restos de excrementos humanos por todos lados. En primavera esta
práctica generará, sin duda, varias epidemias. Pero mientras, el invierno se cuela
fácilmente en las cubiertas de plástico. Un menor de edad que tuvo la suerte de salvarse
de hambre durante el día, podría morir de frío en la noche.
Mi visita, sin embargo, duró poco. Ni siquiera una hora.
Entre los miles de residentes del campamento había muchos ex-talibanes que se molestaron
por mi presencia y por las fotografías que le tomé a varios niños. Sospechaban,
equivocadamente, que estaba fotografiando a sus mujeres, emburkadas de pies a
cabeza: una ofensa imperdonable. Las mujeres afganas están lejos, muy lejos, de liberarse
de siglos de represión y machismo; el fin del gobierno talibán no fue el fin de sus
cadenas.
Además, los residentes del campamento me echaban en cara
-como si yo tuviera algo que ver con eso- la lentitud con que estaban llegando los
cargamentos de ayuda humanitaria. Sin embargo, sí vi decenas de camiones detenidos por
líos burocráticos en la frontera con Pakistán cargados de comida; mientras aquí, en el
campamento, había niños y ancianos que literalmente se morían de hambre todos los
días.
"Nos tenemos que ir", me dijo ya asustado mi
guía, cuando comenzaron a pelearse a gritos algunos hombres del campamento con los
guardias armados que me protegían. Mi presencia se había convertido en motivo de
discusión y amenazaba con crear una situación fuera de control. Guardé mis camarás y
salí a paso rápido hacia el auto.
Pero cuando volteé, decenas de niños me seguían,
sonriendo, esperando quizás otro flash del aparato "mágico" que colgaba
sobre mi pecho o una moneda de este extranjero. A pesar de que mi primer impulso fue abrir
la cartera y darles algo de dinero, el sentido común me detuvo. Si le hubiera dado unas
moneditas a algunos de los niños
-la pobre cotización era de 55 mil afganis por dólar
norteamericano- sospecho que el resto (adultos incluídos) me habría rodeado sin
escapatoria y que hubiera perdido más que la cartera.
Como periodista he visitado más de 50 países pero nunca
había visto gente tan pobre. Los campos de refugiados de los albanokosovares que conocí
en Macedonia eran casi lujosos comparados con el que vi en Afganistán. Esta es una gente
desesperada, dispuesta a casi todo para no morirse. Son, no hay que olvidarlo, los
sobrevivientes de varias guerras. Pero los primeros que están cayendo en esta batalla son
los niños-arena que conocí en el campamento de refugiados a las afueras de
Jalalabad. |