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| POR QUE
LOS AMERICANOS NO FUERON RECIBIDOS CON FLORES Por Jorge Ramos Avalos
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| 31 de Marzo
del 2003 |
Safwan, Irak. Se
suponía que cuando los soldados norteamericanos y británicos entraran a Irak serían
recibidos con flores, besos, abrazos y música. No vi nada de eso. Por el contrario,
cuando los tanques y vehículos militares del ejército estadounidense entraron al sur de
Irak, los iraquíes que los observaban desde ambos lados de la carretera actuaban como si
no les importara. Era una actitud de pretendida indiferencia que tenía algo de orgullo y
miedo.
¿Qué falló? ¿Por qué un recibimiento tan hostíl? Estados Unidos y Gran
Bretaña pueden estar ganando la guerra según el presidente norteamericano George
W. Bush, el régimen de Saddam Hussein ya solo controla una parte de Irak- pero aún no
han podido ganar las mentes y los corazones de los iraquíes. El principal problema tiene
que ver con el hambre. Los varios iraquíes con quienes conversé (con la ayuda de un
traductor) me dicen que desde que comenzó la guerra han sufrido mucho por la falta de
alimentos, agua potable y electricidad. Y ellos, repitiendo los argumentos de la
television iraquí, le echan la culpa de la hambruna a Bush y al primer ministro
británico Tony Blair.
Hace cinco días que mi familia no come, me dijo una desesperada
una madre con ocho hijos pululando a su alrededor. Ahmed, un niño de seis años de edad,
estiró dos de los dedos de su empolvada mano izquierda contando los días que llevaba sin
tomar agua o leche. Tenía los ojos hundidos y sus párpados comenzaban a pintarse de
púrpura. La piel de su cara estaba reseca como una lija. Si puedo cortarle la
garganta a un americano o a un británico lo voy a hacer, me dijo desafiante, sin
parpadear, un joven iraquí. Iba vestido de civil pero las botas lo delataban como un
soldado del ejército de Saddam Hussein.
Entré a Irak con un convoy de ayuda humanitaria del gobierno de Kuwait. Los
periodistas independientes tenemos mucha dificultad para cruzar la frontera tras la muerte
de tres reporteros europeos. El camino a Bagdad está lleno de retenes y de minas. Pero lo
que vi en el sur de Irak fue caótico. Los tres camiones del convoy de comida y agua
fueron literalmente saqueados por cientos de iraquíes que empujaron a un lado a los
funcionarios de la Cruz Roja y del gobierno kuwaití; en menos de una hora ya no quedaba
nada dentro de los camiones. Era la ley del más fuerte. Mientras los hombres más
jóvenes se peleaban y se arrancaban de las manos pedazos de galletas y jugos en tetrapax,
los niños y las mujeres rescataban como gatos hambrientos lo que caía al piso. No puedo
olvidar la imagen de un niño que se lanzó un clavado entre cientos de pies descalzos
para agarrar una botellita de agua. Inmediatamente después la escondió debajo de su
camiseta y volteó nervioso alrededor para cerciorarse que nadie lo veía. Eso es morirse
de hambre y de sed.
En el sur de Irak más personas corren el peligro de morir por hambre, enfermedades
o desnutrición que por bombas. Seis de cada 10 iraquíes recibían ayuda de Naciones
Unidas para alimentarse. Pero desde el inicio de la guerra millones de familias se han
quedado sin nada. Absolutamente nada. Las provisiones que tenían para unos días se han
terminado y la ayuda del exterior es lenta, ineficiente y, como vimos en esta población
de Safwan, muy mal organizada.
Otra razón por la que los norteamericanos y británicos no han sido recibidos con
abrazos y música es el miedo. Dentro de la población civil se han mezclado miles de
soldados en desvandada del ejército iraquí. Cuando las tropas estadounidenses se retiran
por la noche a sus cuarteles y los reporteros se han refugiados en sus hoteles,
aparentemente grupos de fedayines del régimen de Saddam Hussein entran en las casas de
los iraquíes que están cooperando o simpatizan con las fuerzas de la coalición y los
ejecutan, los amenazan de muerte o les cortan la lengua. La administración del presidente
Bush asegura que hay unos 20 mil fedayines o paramilitares esparcidos por el país y que,
por ejemplo, una mujer en Basora que recibió a las tropas británicas con un pañuelo
blanco apareció colgada a la mañana siguiente. No he podido encontrar a nadie que me
corrobore esta historia pero ha circulado tanto que ya muchos la dan como un hecho.
Esta es una guerra que también se lucha con propaganda. El secretario de defensa
de Estados Unidos, Ronald Rumsfeld, dice que es por el miedo a los fedayines que los
iraquíes no han dado una efusiva bienvenida a las tropas norteamericanas en Irak. En
cambio, el embajador de Irak ante Naciones Unidas asegura que lo que está ocurriendo en
su país es una ocupación no una liberación y que los iraquíes
defenderán hasta el final a su país. La verdad se esconde entre las palabras de estas
dos declaraciones. Pero sea cual sea, la realidad es que esta guerra ha resultado ser más
larga, sangrienta y complicada de lo que esperaban británicos y norteamericanos. Los
imágenes de niños y civiles muertos o heridos transmitidas todo el día por las
televisoras árabes son la comprobación de que no hay guerra limpia por más precisas y
caras que sean las bombas.
(Con lo mismo que se esta gastando en esta guerra podrian haberse resuelto
problemas mas inmediatos. Un solo misil Tomahawk cuesta 600 mil dolares, suficiente para
alimentar a cuatro mil familias latinoamericanas por un mes. Y los 75 mil millones de
dolares que ha pedido el presidente Bush para hacer el primer pago de la guerra es cinco
veces mas que el dinero que se necesita para erradicar la epidemia de sida en Africa.)
Lo que vi en el sur de Irak me ha ayudado a entender por qué las
escenas de júbilo y regocijo que esperaban recibir los soldados norteamericanos y
británicos al entrar a territorio enemigo nunca se materializaron. Es el hambre, el miedo
y el orgullo lo que alimenta la resistencia iraquí. También -y hay que decirlo por
honestidad- el iraquí es un pueblo que resiente la presencia en su territorio de un
ejército extranjero, aún cuando la intención de británicos y norteamericanos pudiera
ser liberarlos de una dictadura que ya se extiende un cuarto de siglo. La
verdad es que los iraquíes con quienes platiqué no han cambiado su alianza de Saddam
Hussein a George W. Bush. Es, supongo, un proceso largo y cuesta arriba. Mientras mas
bombas caigan y mas civiles mueran, la mision de ganar la simpatia iraqui se convierte en
una mision imposible.
La única muestra de esperanza de que las fuerzas aliadas, en un momento dado,
pudieran ser bien recibidas en Irak me la dió un niño. Tenia unos siete años de edad y
se me acercó pensando que yo era parte del grupo que había traído agua y comida desde
Kuwait. Se aseguró que nadie lo estuviera viendo, me tomó la mano derecha, me jaló
suavemente hacia su cabeza y me dió un beso en la mejilla. El gesto me tomó por
sorpresa. Cuando levanté la cara, solo le vi la espalda y las plantas sucias de sus pies
mientras corría hacia los camiones de ayuda para ver si podía encontrar algo de comer.
Posdata kuwaití. Dos horas antes que un misil iraquí cayera en un centro comercial de la
Ciudad de Kuwait, yo estaba cenando ahí mismo con otros tres periodistas de la cadena
Univision. Estábamos en el lugar equivocado, pero nos salvamos por un pelito. Una botella
de whisky de contrabando nos bajó los nervios esa noche. La explosion, aún a lo lejos,
me sacudió. Y desde entonces no he dejado de pensar en los periodistas latinoamericanos
que viven esta experiencia varias veces, todos los días, en Bagdad. Valientemente,
corresponsales como Gustavo Sierra de El Clarín, Eduardo Salazar de Televisa o Santiago
Pávlovich de la television chilena se juegan la vida en la capital iraquí para que los
que hablamos español estemos bien informados. Mis respetos para ellos desde Kuwait.
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