| Primero lo primero: nadie,
absolutamente nadie, tiene el derecho de sacar una pistola y apuntarla en contra de un
grupo de reporteros. Pero eso es exactamente lo que hizo hace unos días Fernando Guzmán,
el guardaespaldas de la cantante y actriz Lucero. El video del incidente muestra a un
"guarura" totalmente fuera de control amenazando con su arma a varios
periodistas que, supuestamente, querían subirse al escenario para entrevistar a Lucero
con motivo de las 100 representaciones de una obra de teatro. Lucero cometió el error de enfrentar a la prensa al día
siguiente y -en lugar de pedir disculpas por el comportamiento peligroso y errático de su
guardaespaldas- criticó a los periodistas por acosar a los artistas y por haberla
"sacado de quicio". Ahí, la pulida imagen de una Lucero dulce (y hasta ingenua)
se desmoronó. Algunos la calificaron de "arrogante" o "prepotente" y
pareció justificar los violentos actos de su guardaespaldas. La prensa conoció así la
otra cara de Lucero. Supongo que Madonna y Penélope Cruz, por mencionar sólo a dos
verdaderas divas, también se frustran de vez en cuando con los reporteros. Pero nunca las
he visto pelearse abiertamente con la prensa ni sus guardaespaldas han sido sorprendidos
apuntando con un arma a un grupo de periodistas.
No la conozco personalmente pero, como muchos mexicanos,
sé quién es desde que la llamaban Lucerito. Son más de 20 años en el mundo del
espectáculo. Por eso me extraña que todavía hoy no entienda que una buena parte de su
fama, de su dinero y de su popularidad se la debe a la extensa cobertura de prensa que ha
recibido. Ella asegura que "no necesita promoción". No estoy tan seguro. Pero,
por supuesto, respeto su derecho de hacer de su vida un papalote y de pensar lo que
quiera.
No me interesa, de verdad, hablar de Lucero. Lo que me
interesa es tomar este incidente para analizar cuáles deben ser nuestros límites como
periodistas y descubrir hasta dónde nos podemos meter en la vida privada de los
personajes públicos. En el caso de la política la regla es muy clara y sencilla: cuando
la vida privada de un político o funcionario gubernamental afecta la vida pública de una
sociedad, se vale preguntar, investigar y meterse. El ejemplo más reciente ocurrió con
la biografía no autorizada de Marta Sahagún cuya vida privada, sin duda, afecta las
decisiones del presidente y el futuro de México.
En el caso de los artistas y cantantes los límites no
son tan claros. Ellas y ellos, en ocasiones, usan detalles de sus vidas privadas para
llamar la atención de los medios de comunicación y, en algunos casos, explotan eventos
indiscutiblemente íntimos -como bodas, bautizos, noviazgos, matrimonios, affairs...-
para ganar dinero y fama. ¿Eso quiere decir que los periodistas podemos meternos, sin
límite, en las vidas personales de actrices e intérpretes? Depende. Aquí no hay una
respuesta categórica como con los políticos.
Si una cantante ya habló públicamente de su familia o
de su última cirugía plástica, no tengo ningún problema ético en que un reportero le
pregunte sobre asuntos tan personales; después de todo, fue ella quien abrió la puerta
al tema. Pero si un actor o actriz decide no dejarnos entrar a su vida personal, no hay
nada que podamos hacer. Y ahí lo que típicamente ocurre es que el reportero pregunta lo
que quiera y ellos contestan, también, lo que quieran. Basta un "de eso prefiero no
hablar" para cerrar el asunto.
Sin embargo, los artistas deben entender que cuando un
reportero los aborda sobre un hecho o un evento público -un concierto, una obra de
teatro, una declaración de prensa, un disco, una polémica, etcétera- estamos en un
terreno perfectamente legítimo. Ahí sí los reporteros tenemos derecho a preguntar y a
buscar una respuesta. Ese es nuestro trabajo: conseguir información. Por lo tanto, los
periodistas en el teatro San Rafael de la ciudad de México que trataron de entrevistar a
Lucero estaban en todo su derecho. Era un lugar público. El tema -las 100
representaciones de la obra Regina- era público. Y la actriz principal -Lucero- es un
personaje público. Punto. Ahora bien, si ella no quiere dar entrevistas es, también, su
derecho. Pero no se puede detener a los periodistas a punta de pistola.
Los reporteros no somos angelitos, es cierto. Siempre he
dicho que en los medios de comunicación no trabajamos, necesariamente, los más
inteligentes pero sí los más persistentes. Ser insistentes e incisivos nos permite
sobrevivir en un ambiente muy competitivo. Quizás se molesten los artistas con nuestras
preguntas. Lo siento. Ellos escogieron entrar en un negocio que los convierte en
personajes públicos y, por lo tanto, están sujetos a los frecuentes cuestionamientos de
la prensa. Igual que los políticos.
A Fidel Castro no le gustó cuando le pregunté sobre la
falta de democracia en Cuba, el subcomandante Marcos se incomodó cuando le pedí en una
entrevista que se quitara la máscara y Hugo Chavez se molestó cuando cuestioné sus
credenciales como demócrata, pero las preguntas eran legítimas. Las mismas reglas se
aplican a los artistas cuando los reporteros de espectáculos les hacen preguntas
incómodas sobre temas de actualidad. Son las reglas del juego que existen entre los
periodistas y los personajes públicos.
En mi carrera como periodista me ha tocado entrevistar a
unos 60 presidentes y a cientos -quizás miles- de personajes públicos. Pero nunca,
nadie, me ha sacado una pistola por hacer una pregunta. Eso, desgraciadamente, le ocurrió
a los periodistas que querían conversar con Lucero. La pregunta es el arma principal que
tenemos los periodistas, pero eso no significa que nos puedan contestar a balazos o
amenazándonos con una pistola. |