| La Pequeña Habana, Miami. Seguramente el conductor del auto me vio medio perdido, detuvo su vehículo junto a
mí y sin que yo le preguntara, apuntó con el índice: "ahí esta la casa de
Elian". Elian Gonzalez es el niño balsero, de seis años de edad, que sobrevivió un
naufragio frente a las costas de la Florida en el que se ahogó su madre- y que se
ha convertido en el último motivo de lucha entre el exilio cubano y el gobierno de Fidel
Castro.
La verdad, yo esperaba un circo: camiones
de televisión, periodistas por todos lados, vecinos molestos, curiosos rondando por las
banquetas. Pero la tarde que fui a conocer la casa donde vive Elian en Miami no vi nada de
eso. Elian estaba todavía en la escuela tomando clases intensivas de inglés- y sus
parientes se habían ido a una corte federal para intentar detener su repatriación a
Cuba.
Encontré una casa muy modesta; la de Lázaro Gonzalez,
el tío abuelo de Elian y quien tiene la custodia temporal sobre el muchacho. En estos
días, las dos ventanas que dan a la calle tienen las cortinas permanentemente cerradas
para evitar los largos ojos de los camarógrafos. Es toda blanca, salvo por los cuatro
escalones de mosaico rojo que llevan a una puerta doble; una para entrar a la casa y otra
para protegerse de los mosquitos. El patio, en forma de escuadra, tiene el cesped gastado
por el paso frecuente de un coche viejo que guardan en una esquina del fondo. Pero hay
espacio suficiente para que juegue el perrito negro que el congresistas Lincoln
Díaz-Balart le regaló al niño. Aun cuelgan del techo las luces de unos adornos
navideños que nadie ha tenido tiempo de quitar. En la casa donde vive Elian están más
preocupados por otras cosas.
"Ding-dong ding-dong", así sonaba un
destartalado camión de helados y paletas que hizo su parada habitual frente al número
2319 de la segunda calle mas famosa de éste sector de la Pequeña Habana; perdón, pero
la calle Ocho sigue siendo la reina. Ningún niño se acercó. En cambio si lo hicieron
tres exiliados cubanos.
-"¿Qué hacen por aquí?", les pregunté.
-"Estamos de guardia", me dijo Dagoberto
Avilés, quien se presentó como un expreso político cubano. Su semiblanca barba denotaba
muchas horas frente a la casa; sus ojeras, pocas horas de sueño.
-"¿De guardia? ¿Para qué?", insistí.
-"Hay que estar alerta", respondió, como si
fuera lo mas obvio del mundo.
Los otros dos exiliados una mujer y un hombre,
ambos de mediana edad- fueron mucho mas explícitos. Me empezaron a contar todo lo que se
rumoraba por ahí: que si Elian estaba protegido por agentes del FBI, que si evitaba a los
reporteros saliendo por detrás de la casa, que si uno de los vecinos le estaba cobrando
500 dólares diarios a los periodistas de televisión para que usaran su patio
"esa casa ya se pagó"-, que si el Servicio de Inmigración y
Naturalización ya se había puesto de acuerdo con Castro para regresar al niño a
Cuba
Dagoberto sólo miraba.
-"¿Que pasaría si se regresan al niño a
Cuba?", le pregunté.
-"Yo personalmente te digo que Miami se
prende", me dijo. "Pararíamos el aeropuerto y un millón de cosas".
En la reja metálica que rodea la casa donde vive Elian
es fácil encontrar lo que piensan algunos cubanoamericanos. "El futuro para Elian es
mucho mas mejor (sic) en éste país. En Cuba hay pobreza, miseria y una falta de la
oportunidad para vivir la vida buena", decía un pedazo de cartón blanco con letras
negras. Y mas adelante: "¡Elian necesita vivir aquí!". Otro mensaje, colgado
de la reja con un cordoncito, era casi un pronóstico. Decía en inglés: "En ésta
casa, un niño que simbolizó los principios que fundaron a ésta nación, fue devuelto a
los brazos de un tirano".
Una encuesta realizada por WLTV, el canal 23 de
televisión en Miami, muestra con números lo que vi en esa reja. Un 86 por ciento de los
hispanos encuestados estaban en contra de la decisión del Servicio de Inmigración de
regresar a Elian a Cuba. Pero esa misma encuesta mostró también lo dividida que está la
ciudad de Miami sobre el tema.
79 por ciento de los negros y 70 por ciento de los
blancos (no hispanos) creen que el niño debe volver con su papá a la isla. El caso, no
hay duda, se ha politizado por la Habana, por Washington, por Miami
Desde lejos es difícil entender lo que Elian significa
para muchos de los exiliados cubanos en Miami. No sólo ven en él una extraordinaria
oportunidad de demostrar su odio por la dictadura de Castro, sino que se identifican con
Elian a nivel personal. He escuchado a varias personas decir: "ese niño se parece a
los míos". Pero no son los ojos atentos, la sonrisa fácil, ni la actitud juguetona.
En el fondo, muchos exiliados cubanos ven en Elian una parte de ellos mismos. Y su primer
instinto es tratar de defenderlo frente a lo que a ellos les ha hecho tanto daño.
Aquí, junto a la reja gris que protege el frágil mundo
interior de Elian, nadie quiere dar crédito a las declaraciones de las dos abuelas que
llegaron a los Estados Unidos con la esperanza de regresar a Cuba con el niño. Ni leer
las encuestas a nivel nacional que se contraponen al sentir de los cubanoamericanos en
Miami. Ni escuchar opiniones como la del sicologo de la Universidad de Yale, Preston
Miles; el sicologo dijo recientemente por televisión que la separación de "ambos
padres sería una trágica e inimaginable pérdida" para Elian. Miles concedió que
la libertad es muy importante para un individuo, pero aseguró que en éste momento
tras la muerte de su madre- lo que mas necesita Elian es la seguridad emocional que
sólo pueden proporcionar su padre y sus abuelos. Esos argumentos aquí no se levantan del
piso.
Esa misma noche, regresé a la Pequeña Habana con la
esperanza de verle los ojos a Elian. Aun no acabo de entender los ojos de Elian. Para mí
son un enigma. No sé lo que quieren. Pero no los vi. Elian estaba encerrado en su casa,
en su mundo miamense. A través de las cortinas pude apreciar una televisión prendida en
una habitación oscura. Era la única lucecita que salía de la casa donde vive Elian, el
balserito cubano que aun lucha para mantenerse a flote. |