| Las imágenes son
impresionantes. El mismo hombre, todopoderoso, que aterrorizó durante más de un cuarto
de siglo a los iraquíes y a sus vecinos aparecía como un inofensivo anciano,
desorientado, despeinado, humillado. Las largas y canosas barbas de Saddam me hicieron
recordar a los homeless o gente sin hogar que suelen pulular por los centros de las
ciudades norteamericanas. En el climax de la humillación, un médico del ejército
norteamericano le revisa al exdictador iraquí el cuero cabelludo, como si buscara por
piojos, y le abre la boca mientras todo es filmado. El líder que desafió a Estados
Unidos y al mundo se mostraba, por fin, derrotado, cansado, resignado. El mito de Saddam quedó hecho trizas. El dueño de múltiples
palacios fue hallado enterrado, en una especie de cripta, dentro de una modestísima
choza. Hussein no pudo haber caído más bajo. Llevaba consigo una pistola que no se
atrevió a usar, ni siquiera, contra sí mismo. Estas eran las imágenes que necesitaban
ver los iraquíes para asegurarse que Saddam y su dictadura no regresarían jamás a Irak.
Para el presidente norteamericano, George W. Bush, esos
mismos videos cerraban, también, un ciclo. El hombre que había intentado matar a su
padre -durante una visita del expresidente George Bush a Kuwait hace una década- estaba
ahora en sus manos. La venganza no puede ser más dulce para el actual mandatario. Esta
captura, además, le ayudará enormemente a Bush, hijo, en sus esfuerzos por reelegirse
como presidente de Estados Unidos en las elecciones del 2 de noviembre del 2004.
Hasta los más duros críticos de Bush salieron
rápidamente a aplaudir la captura de Saddam. El canciller alemán, Gerhard Schoeder, y el
presidente francés, Jacques Chirac
-fieros opositores a la guerra en Irak- fueron de los
primeros en felicitar a Bush. Después de todo ¿quién puede estar en contra de la
captura de un hombre responsable por la muerte de 400 mil personas (según las cifras
dadas por el primer ministro británico, Tony Blair)? ¿Quién?
Los nueve precandidatos Demócratas a la presidencia de
Estados Unidos se han hecho un ocho con la captura de Saddam. Saben perfectamente que su
arresto les resta oportunidades para desbancar a Bush de la Casa Blanca. La captura de
Saddam es, indudablemente, un triunfo. "Este es un día para celebrar", dijo
Howard Dean, mordiéndose la lengua. Dean va adelante en las encuestas entre los
Demócratas pero en ninguna aparece ganándole a Bush. Y ahora, con el arresto de Saddam,
menos.
A pesar de todo lo anterior, es preciso mantener la
cautela. Primero, porque la violenta resistencia contra la ocupación norteamericana en
Irak no era, necesariamente, coordinada por el propio Saddam. Segundo, porque la mayoría
chiíta en Irak -que conforma el 60 por ciento de la población- va a continuar su
agresivo esfuerzo por obtener el poder en el país; ellos se oponen vehementemente a la
idea norteamericana de "democratizar" Irak y, en cambio, quieren un estado
fundamentalista liderado por religiosos musulmanes. Y tercero, porque la captura de Saddam
Hussein tiene muy poco que ver con la lucha contra el terrorismo; el propio presidente
Bush ha reconocido que Saddam no estuvo vinculado, por ejemplo, con los actos terroristas
del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, Washington y Pennsylvania.
El discurso del presidente Bush, anunciando la captura de
Saddam, llamó la atención por su moderación. Lejos estaba el tono triunfalista que ha
utilizado en otras ocasiones. "La captura de Saddam Hussein no significa el fin de la
violencia en Irak y en otras partes del medio oriente", dijo Bush desde Washington,
en un discurso que apenas pasó de los tres minutos. Tiene razón Bush en su mesura.
Aunque la captura de Hussein es un golpe sicológico
brutal contra la resistencia en Irak, es poco probable que los ataques contra soldados
norteamericanos y británicos se vayan a detener en seco. Tampoco es previsible que los
actos terroristas contra Estados Unidos y sus aliados hayan llegado a su fin. La guerra
contra Irak, lejos de ser un asunto central en la lucha contra el terrorismo, ha sido una
enorme distracción. Bush, dicho sea de paso, aún tiene que demostrar que Saddam Hussein
tenía armas de destrucción masiva. Esa fue, después de todo, la razón principal para
iniciar la guerra.
Como quiera que sea, cada vez que un dictador es
arrestado se mantiene viva la promesa de que la justicia, tarde o temprano, llega para
todos. El mundo es mejor tras la captura de Saddam Hussein, al igual que lo fue tras el
arresto del líder serbio Slobodan Milosevic. Y otros, estoy seguro, ya están tomando
nota.
Hay que disfrutar este momentito...mientras dure. |