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Hice, sencillamente, lo
que muchos en Washington no han hecho todavía. Es decir, me puse a
leer el libro de Richard Clarke, Contra Todos los Enemigos (Against
all Enemies). Bajo juramento y en tono de broma, el
subsecretario de Estado, Richard Armitage, reconoció -ante la
comisión del congreso norteamericano que investiga los actos
terroristas del 11 de septiembre del 2001 (9/11)- que no había leído
el libro aunque sí buscó en el apéndice las páginas en que aparecía
su nombre. Armitage no tiene mucho de que preocuparse; es uno de los
pocos miembros de la administración del presidente George W. Bush
que sale bien parado en el libro de Clarke. Pero el resto harían
bien en leerlo. Completo.
¿Pudieron haberse evitado
los actos terroristas de 9/11? Leí el libro buscando una respuesta. Clarke no lo dice, explícitamente, pero sí sugiere que los atentados
terroristas en Nueva York, Washington y Pennsylvania pudieron
haberse evitado. “Lo que está claro es que hubo fallas en las
organizaciones encargadas de protegernos”, escribió Clarke, “fallas
para enviar la información al lugar correcto en el tiempo
apropiado.”
Este es un libro que hace temblar.
¿Por qué? Porque acusa a la administración Bush de ignorar las
amenazas terroristas de Al-Kaeda y porque dice que un mejor trabajo
de inteligencia hubiera evitado, quizás, las más de tres mil muertes
del 9/11. Clarke describe a la asesora de seguridad nacional,
Condoleezza Rice, como una mujer poco informada sobre los peligros
de Al-Kaeda. Y al gobierno de Bush lo critica por ser demasiado
lento para enfrentar con efectividad los planes de ataque de los
fundamentalistas musulmanes; una reunión de alto nivel que él había
pedido el 25 de enero del 2001 no se realizó hasta el 4 de
septiembre de ese año y, luego de la reunión, no se tomó ninguna
decisión importante. Siete días después atacaron los terroristas.
Clarke asegura que el director de la
CIA, George Tenet, le dijo en junio del 2001 que presentía que muy
pronto ocurriría “algo grande”, un ataque terrorista de grandes
dimensiones. Si la CIA sabía que habían entrado a Estados Unidos dos
conocidos terrroristas de Al-Kaeda –como relata Clarke en el libro-
y que el FBI tenía información de que algo raro estaba ocurriendo en
varias escuelas de aviación del país ¿por qué esa información nunca
le llegó a Clarke, a Rice o a Bush? ¿Por qué? ¿Dónde se detuvo?
Clarke diría más tarde, ante la
comisión investigadora del congreso, que la amenaza del grupo
terrorista de Al-Kaeda era un asunto “importante” pero no “urgente”
para la administración Bush. El propio presidente Bush reconoció en
una entrevista con el periodista, Bob Woodward, que Al-Kaeda y su
líder, Osama bin Laden, no eran su prioridad antes del 11 de
septiembre del 2001. “No tenía ese sentido de urgencia”, dice el
presidente en el libro de Woodward, Bush en Guerra (Bush at War).
Y mucha gente empieza a creer lo mismo; una encuesta del Los Angeles
Times indica que el 52 por ciento cree que Bush no tomó la amenaza
terrorista con suficiente seriedad antes del 9/11.
El libro está lleno de minas para la
campaña de reelección del equipo de Bush. La guerra contra Irak fue
innecesaria, concluye Clarke, porque Saddam Hussein no tenía nada
que ver con el 9/11. “Bush invadió Irak en el 2003 porque Saddam usó
armas de destrucción masiva en los años 80 y porque invadió Kuwait
en 1990.” Los soldados que pelean en Irak creen, falsamente, que lo
hacen para vengar los muertos del 9/11, nos asegura Clarke. Y luego
añade que si el 70 por ciento de los norteamericanos opina,
equivocadamente, que Saddam Hussein tuvo algo que ver con los
ataques al World Trade Center de Nueva York y al Pentágono en
Washington es por las “declaraciones engañosas de la Casa Blanca.”
Nunca había dicho algo así alguien que hubiera trabajado tan cerca
de Bush.
Por eso los principales miembros del
actual gobierno han tratado de desmentir, una a una, las acusaciones
de Clarke. Además, lo acusan de no contar la historia completa, de
estar resentido por no haber obtenido un mejor puesto, de ser
arrogante y egocéntrico, de tratar de vender libros a toda costa e,
incluso, de estar ligado a la campaña del candidato demócrata a la
presidencia John Kerry. Pero las consecuencias del libro las
seguimos viendo todavía un par de semanas después de su lanzamiento.
Lo que pasa es que no es fácil desacreditar o acusar de
antinorteamericano a alguien como Clarke que ha trabajado en cuatro
gobiernos de Estados Unidos y que fuera el zar antiterrorismo en la
actual administración y en la del presidente Bill Clinton.
Clarke, con su libro y sus más de 15
horas de testimonio ante la comisión del congreso, ya dio su versión
de los hechos, y ha obligado a testificar bajo juramento a la
asesora Rice. Pero lo más preocupante del libro de Clarke es que
alguien –aun no sabemos quien- no está diciendo toda la verdad y
que, de ser ciertas sus acusaciones más serias, Estados Unidos
podría estar aun en peligro de nuevos ataques terroristas dentro de
su territorio.
Ahora bien, hay que poner todo esto en
perspectiva. Lo grave no es, únicamente, haber cometido un error de
apreciación respecto a Al-Kaeda, como sugiere el libro de Clarke.
No. Lo verdaderamente grave sería cometer el mismo error dos veces.
Eso sí sería imperdonable.
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