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Tremblant, Quebec.
La primera tentación al llegar a Canadá es tratar de compararla con
Estados Unidos. Sin embargo, detrás de los anuncios típicos del
McDonald’s, Home Depot y Starbucks Café, hay una cultura muy
distinta a la estadounidense. Sobre todo en la provincia de Quebec.
Lo primero que escucho tras bajarme del avión en el aeropuerto de
Montreal es francés, no inglés. Y mientras más me adentro en
territorio quebequense, más reconozco que esta sociedad
multicultural y bilingüe es un sorprendente ejemplo de tolerancia y
apertura.
El francés no solo es hablado por más
de nueve millones de personas en Canadá sino que, también, está
protegido por la constitución. El ingles y el francés son los dos
idiomas oficiales del país y todo canadiense tiene el derecho de
recibir del gobierno información y servicios en la lengua que
prefiera. Y uno de cada cuatro canadienses prefiere hablar francés,
ser educado en francés, trabajar en francés y vivir, dentro y fuera
de casa, en francés. Para los francófonos, concentrados en la
provincia de Quebec, defender su idioma es defender su cultura, su
identidad y su historia. Dos plebiscitos (en 1980 y en 1995) han
fracasado en su intento de separar a Quebec del resto de Canadá. Sin
embargo, los quebequenses han tenido muchísimo éxito en lograr las
condiciones legales que mantengan la lengua que hablan y protejan su
forma particular de vida.
En esta población montañosa –que bien
podría confundirse con un pueblito de Francia- todas las señales de
tránsito, menúes de los restaurantes y programación de radio y
televisión son en inglés y en francés. A pesar de que el francés es
la lengua materna de ocho de cada 10 quebequenses, pueden saltar en
la misma frase del bonjour al good morning como si
fuera lo más natural del mundo. Pero no lo es. Canadá es distinto.
“Canadá ha demostrado que la homogeneidad cultural y lingüística no
es requisito necesario para la existencia o la estabilidad de un
estado”,
dijo recientemente en un discurso la Comisionada de los Lenguajes
Oficiales de Canadá, la doctora Dyan Adam.
La diversidad cultural y lingüística
de Canadá es una lección –y un reto- para Estados Unidos. El francés
ya se hablaba en Quebec antes de que este país se llamara Canadá, de
la misma forma en que el español era el idioma de uso en lugares
como California, Arizona, Texas y Nuevo México antes de que fueran
parte de Estados Unidos.
Y si los quebequenses han logrado que
el francés se convierta en uno de los dos idiomas oficiales de
Canadá no hay ninguna razón para pensar que los latinos de Estados
Unidos no pueden lograr lo mismo con el español.
Aunque no esté protegido
por la constitución norteamericana como un idioma oficial, el
español ya es –de hecho, nunca ha dejado de ser- uno de los dos
lenguajes en que se comunican predominantemente los habitantes de
Estados Unidos. Lejos de desaparecer, el español avanza en Estados
Unidos a pasos agigantados. Con más de 45 millones de latinos
(contando a los indocumentados) Estados Unidos ya es el país con el
mayor número de hispanoparlantes del mundo, con la excepción de
México. Hay más personas que hablan español en Estados Unidos que en
España, Colombia o Argentina.
Defender el español es tan
importante para los latinos de Estados Unidos como defender el
francés lo es para los quebequenses de Canadá. Para un hispano el
español está ligado a su identidad, a su familia, a su cultura, a su
historia y a su país de origen (o al de sus padres). Sin embargo, el
español está bajo ataque en Estados Unidos, al igual como el francés
lo estuvo en su momento en Canadá. Veintisiete estados
norteamericanos han declarado al inglés como su idioma oficial. Pero
eso es como tratar de parar un río con un pedazo de papel. El último
censo indica que 28 por ciento de los habitantes de Nuevo México, el
25 por ciento de los de California y el el 27 por ciento de los de
Texas, entre muchos otros, hablan español.
“El monolingüismo es una
enfermedad curable”, suele decir el escritor mexicano, Carlos
Fuentes. Estados Unidos es uno de los pocos países que conozco donde
hay gente que cree que hablar un solo idioma es mejor que poderse
comunicar en dos o en tres. El mito -porque no es nada más que eso-
es que la unidad de Estados Unidos depende del idioma inglés. Eso no
es cierto. La unidad de Estados Unidos depende de sus valores
comunes –libertad, democracia, igualdad-, del respeto a su
diversidad -étnica, racial y cultural- y de su historia de apertura
hacia los inmigrantes. El inglés no es el elemento fundamental de
cohesión social en Estados Unidos como tampoco lo es en Canadá.
Me puedo imaginar
claramente el día en que el español se convierta en el segundo
idioma oficial de Estados Unidos o, sino, de algunos estados
norteamericanos. El camino está marcado. En California, por ejemplo,
más de la mitad de todos los bebés que nacieron hoy vienen de
familias donde se habla español. El futuro de Estados Unidos es
bilingüe. Se puede ser una sola nación –fuerte, segura, unida- con
dos idiomas. Eso es lo que Estados Unidos podría aprender de Canadá.
Basta con apuntar la oreja al norte.
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