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Yo no fui a buscar a los gemelos Maya
y a Miguel. No. Ellos me encontraron a mí y desde hace casi un año
están conmigo todas las mañanas. O, más bien, acompañan a mi hijo
minutos después de despertarse y, de paso, a mí. Pero no somos los
únicos.
Desde que la serie de televisión
(creada por PBS KIDS GO! y Scholastic Entertainment) salió al aire
en el 2004, los personajes de caricatura de Maya y Miguel se ven en
todos los rincones de Estados Unidos y en una treintena de países.
Es, sin duda, uno de los mejores productos de exportación que tiene
esta nación.
No solo soy un fan de Maya y
Miguel sino que gracias a TiVo (un maravilloso sistema de grabación
digital) y a la insistencia de mi hijo de siete años de edad, he
visto varias veces todos los programas de la primera temporada y,
estoy seguro, haré lo mismo con las nuevas caricaturas que comienzan
a transmitirse en estos días. Cuando escucho las carcajadas de mi
hijo ante los planes descabellados de la aventada de Maya o lo
observo en silencio ante las inesperadas reacciones del introvertido
Miguel y los consejos, siempre atinados, de la abuela Elena, me doy
cuenta que estas caricaturas le están llegando a fondo. Y en estos
días de violencia y superficialidad televisiva, no se puede decir lo
mismo de muchos programas.
Maya y Miguel resaltan tres cosas: la
importancia de la familia, de nuestra cultura latinoamericana y del
ser bilingüe. Pero lo hacen de una forma muy divertida, sin tirarnos
rollos moralistas y sin exagerar su orgullo hispano. Me gusta mucho,
por realista, la manera en que hablan los gemelos de 10 años de
edad; la mayor parte de las veces en inglés pero salpican su plática
con palabras en español. Es decir, hablan igual que nuestros jóvenes
latinos de segunda o tercera generación. (El otro día escuche a
Miguel llamarle “périco” a Paco, en lugar de hacerlo sin acento en
la primera sílaba…pero así se habla español y espanglish en este
país. Sorry.)
Parte del éxito de la serie
televisiva Maya y Miguel (dirigida por Tony Cluck y escrita por
Silvia Cardenas y Jon M Gibson) es que está muy bien pensada y muy
bien hecha. Evaden casi todos los estereotipos y, sobre todo, sus
tramas siempre son interesantes y cómicas. Desde luego, ayuda que
algunas de las voces de los personajes las hacen actores muy
conocidos: Lupe Ontiveros hace la voz de la abuela Elena, Erik
Estrada la del señor Felipe, Elizabeth Peña la de la mamá mexicana
Rosa Santos y Carlos Ponce la del papá puertorriqueño Santiago
Santos.
Maya y Miguel, de alguna forma, son
ya el futuro de Estados Unidos. La mayoría de los bebes que nacen en
California son latinos. Y en un cambio demográfico muy interesante,
el 56 por ciento de los nuevos hispanos nacieron en Estados Unidos,
no vinieron como inmigrantes. La familia Santos se sentiría muy a
gusto en ciudades como Miami o Los Angeles donde los latinos han
dejado de ser una minoría y donde los programas de televisión que
más se escuchan son en español. Alguien como Maya o Miguel podría
ser relativamente pronto juez de la corte suprema de justicia o,
incluso, presidente de Estados Unidos.
Ya era hora que los
niños hispanos tuvieran una serie de dibujos animados que, al mismo
tiempo, los hiciera reír y los educara. A pesar de trabajar en la
televisión, cuido mucho de que mis hijos no pasen demasiado tiempo
frente a las pantallas de su computadora o televisor. Creo que hay
mejores formas de aprovechar el tiempo. Requiere, lo reconozco, de
un buen plan de acción durante (sobre todo en los fines de semana)
para que no se aburran y se mantengan conectados emocionalmente a la
familia. Pero cuando Maya y Miguel salen en la tele, relajo las
reglas y no digo ni pío.
He pensado mucho sobre por qué a mi
hijo le gusta tanto este programa. Ni Plaza Sésamo ni los
Teletubbies, cuando era más pequeño, tuvieron el mismo efecto en él.
Pero creo que en parte se debe a que él se identifica con los
protagonistas. De alguna forma él se percibe parecido a Maya y
Miguel: sus padres hablan español, él se siente más a gusto en
inglés y tiene dos grandes familias extendidas en México (de donde
soy yo) y en Puerto Rico (donde nació su mamá).
Lo peor de Estados Unidos es el
racismo y esa actitud, que a veces raya en la arrogancia, cuando
impone su voluntad al resto del mundo; léase la guerra en Irak o su
negativa a apoyar la Corte Internacional y el rechazo a firmar al
acuerdo de protección ambiental conocido como el Protocolo de Kyoto.
Pero lo mejor de este país es su diversidad cultural, su tolerancia,
su espíritu libre, democrático, y la forma en que abraza lo nuevo.
Maya y Miguel promueven precisamente esos valores, los de una
sociedad donde se acepta al que es distinto porque todos, de alguna
manera, venimos de otra parte.
Maya y Miguel se ven en 35 países y
son, ya, dos de los mejores embajadores de Estados Unidos. Y con la
imagen de Estados Unidos tan rasguñada en el mundo, bien haría la
subsecretaria de estado, Karen Hughes (encargada de hacer relaciones
públicas a nivel planetario para el gobierno de Bush) en llevarse en
su maleta varios cassettes de estos dos diminutos personajes para
repartir a amigos y enemigos.
Maya y Miguel son
amables, tolerantes, divertidos, comprensivos, audaces, aventureros
y representan el futuro estadounidense. “Superfabuloso”, como dice
Maya. Y si no me creen, pregúntenle a mi hijo o prendan un día la
tele para verlos. |