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San Agustín Etla, Oaxaca, México.
Aquí casi no hay hombres. Los
jóvenes, los fuertes, los que están llenos de sueños de un futuro
mejor y cargados de frustraciones con su país, ya se fueron. Al
norte ¿a dónde más?
Por la mañana, antes de
las nueve, se puede ver a las mujeres llevando a sus hijos, bien
peinaditos y con un saco de cuadros rojos y blancos, al kinder del
pueblo. Los hombres brillan por su ausencia. Pero es fácil ver donde
vivían.
A los hombres los han
cambiado por platos de satélite. Y por casas recién pintadas de
amarillo y azul. Y por calles empedradas, bien alumbradas y con
arbolitos en los camellones. Y por un gran estanque para almacenar
el agua que baja siempre de prisa por las montañas. Y por ropa para
sus hijos. Y por camionetas del año. Y por comida para sus familias.
“¿De qué viven aquí?” le pregunté a Mariana, una mujer que hablaba
con una sonrisa pero sin miedo. “Pus de los dólares que nos
envían de allá”.
Los que se quedan viven de
los que se fueron. Aquí no hay mucho más que hacer. La única fábrica
de textiles del pueblo, luego de una larga batalla y múltiples
cambios de dueño, acaba de ser cerrada. El campo no alcanza ni para
sobrevivir y no hay chambas para el millón de jóvenes que cada año
se suman en todo el país al mercado laboral.
A pesar de que México tiene una forma
ridículamente ilusoria de medir el desempleo –el gobierno dice que
es solo del 3.9 por ciento cuando todos sabemos que es mucho mayor-
la realidad de la calle ahoga las cifras oficiales. El desempleo
aumentó en México (como quiera que lo midan) durante la primera
mitad del 2005, según la Organización Internacional del Trabajo y
eso es algo que se siente en San Agustín Etla. Dicho de otra manera,
los jóvenes no pueden conseguir un buen empleo si se quedan a vivir
aquí. Y esa es una gran pena; para ellos, para sus familias y para
el gobierno y para el país.
En San Agustín solo se ven mujeres, niños y ancianos. Jacobo Ramos
es de los que se quedaron. A sus 74 años tiene un cuerpo esbelto y
unas manos que aprietan. Se nota que se ha mantenido activo toda su
vida. La pobreza, dirían esos cínicos gubernamentales, es buena para
evitar la gordura. Alguna vez, como todos los habitantes de este
pueblo, Don Jacobo tuvo la oportunidad de irse a trabajar a Estados
Unidos. Pero su tierra y su familia pudo más. Esos eran otros
tiempos. Ahora sus dos hijos y su hija viven en el norte de Estados
Unidos “donde hace reteharto frío pero ¿qué le van a hacer si por
allá están los trabajos?”
Don Jacobo, que tiene una mente lúcida
y una memoria a prueba de mentiras, me contó como su pueblo se fue
despoblando de sangre joven gota a gota. “Ahora hasta las mujeres se
están yendo”, me dijo. “Primero se van los hombres y luego mandan
llamar a sus esposas y a sus hijos.”
El día que platicamos había boda en el
pueblo. “Un muchacho se fue 9 meses a Estados Unidos p’a
conseguir dinero p’a la boda”, me contó Don Jacobo, “y acaba
de regresar.” Ya llevaban dos días con música de banda, de esa con
la que el novio se movía con un pavo sobre los hombros en el
tradicional “baile del guajolote”. Tan pronto como regresara el
guajolote, que era prestado, se retachaba con esposa nueva a los
yunai estei.
El que se va lo hace por algo que lo
atrae del exterior pero, también, por que algo lo expulsa de su
país. Y en México hay un “hartazgo del presente”, como lo describió
recientemente Lorenzo Meyer, que corre a patadas a los propios
mexicanos de su país.
La gente está harta de la falta de trabajo, harta del crimen, harta
de promesas incumplidas, harta de que la corrupción y las amenazas a
los periodistas sean todavía parte de los colores patrios, harta de
sus políticos mediocres, harta de la ceguera nacional, harta de
seguir esperando que las cosas cambien.
A México le falta
dirección. Punto. En estos embarrados tiempos políticos donde no hay
ni a quien irle, lo que se destaca de los suspirantes presidenciales
es su pequeñez para pensar. Las ideas que nos ofrecen para el
próximo sexenio suenan trilladas y minúsculas, del tamaño de sus
meñiques. En el país se respira una inusitada ansiedad; es como si
los mexicanos vivieran con una camisa de fuerza. Es la enorme
incomodidad con el presente y la gigantesca angustia que genera el
no tenerle fe al futuro político, no importa de que bandera o
partido se vista.
Nadie habla de un gran
México, de un México triunfador, de un México que pueda. Los
precandidatos presidenciales nos ofrecen en cambio un Mexiquito,
temeroso, que da pasitos porque le da miedo caerse. Y, lo peor, es
que no les creemos nada porque lo único relativamente seguro es que
uno de ellos y su camarilla se enriquecerán cuando lleguen al poder.
Preguntas. Los primero que
tenemos que saber de muchos de las aspirantes a la presidencia de
México es ¿cómo le hicieron ellos y sus hijos para tener tanto
dinero? Estoy asombrado de las avionetas y de las casas y de los los
terrenos y de los recursos que, sin empacho, presumen los
precandidatos en la prensa nacional. Si llevan casi toda su vida en
la política con salarios de absoluta medianía ¿de dónde sacaron
tanta lana? Primero que contesten eso y ya luego que sigan con sus
campañitas y sus campanitas.
El México amañado, donde conviven
políticos y narcos, el de las familias que se sienten y actúan como
si fueran dueñas del país, el que se maneja en la oscuridad y en la
impunidad, en el que se enriquecen unos pocos a costa del resto –y
que nos describe maravillosa y dolorosamente bien Héctor Aguilar
Camín en su última novela La Conspiración de la Fortuna- sigue
presente. Los zopilotes del pasado aún acechan.
Y esto lo saben los que se quedan.
“A estas alturas”, me comentó
entre resignado y reflexivo Don Jacobo al final de nuestra platica
“¿ya p’a que me voy?” Mejor se aguanta. Pero cientos de miles
de jóvenes mexicanos no se quieren aguantar más y por eso el país se
nos está yendo por el sombrero. |