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Los latinoamericanos le
han perdido el miedo a la izquierda. Atrás quedaron los días en que
hablar de partidos o grupos izquierdistas era sinónimo de
revolución, de toma del poder por la fuerza, de dictadura del
proletariado, de Marx como dios. Hoy la izquierda latinoamericana ha
aprendido a jugar y a ganar en la democracia, a funcionar en
sociedades de mercado y en la globalización, y a aprovechar los
enormes vacíos que por décadas dejaron los partidos políticos
tradicionales. Es la izquierda enderezada.
El triunfo de la candidata
socialista Michelle Bachelet en las elecciones presidenciales del
pasado domingo en Chile y las enormes posibilidades de victoria del
líder indígena Evo Morales este domingo en Bolivia corrobora la ola
izquierdista que se esparce por toda América Latina. No es llamarada
de petate. Pero la izquierda aún tiene que demostrar que, además de
ganar elecciones, puede gobernar bien.
Nestor Kirchner en
Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay, Lula da Silva en Brasil,
Ricardo Lagos en Chile y Hugo Chávez en Venezuela llegaron al poder
por el enorme descontento de la gente con los gobiernos que les
precedieron. Los latinoamericanos están hartos de políticos llamados
liberales o de derecha que se enriquecían mientras sus países
empobrecían.
Por eso ahora, tras dos décadas
perdidas, los votantes le están dando la oportunidad a la izquierda.
La actitud es la siguiente: la derecha y los partidos políticos
tradicionales ya trataron y fracasaron, entonces ¿por qué no darle
un chance a la izquierda? Y la esperanza es que ellos roben menos,
dirijan mejor, creen más empleos, reduzcan las desigualdades
sociales, no repriman con violencia y, sobre todo, que digan la
verdad.
El reto central en América
Latina es la pobreza. No hay otro. Más de la mitad de los
latinoamericanos son pobres y viven con salarios inferiores a cinco
dólares diarios. Por eso se quejan y por eso emigran a Estados
Unidos. Y la gran tragedia es que las políticas neoliberales de
finales del siglo 20 y principios del 21 no han reducido el número
de pobres, con la notable excepción de Chile.
Ricardo Lagos, el saliente presidente
de Chile, es el mejor ejemplo de que los políticos de izquierda
pueden ser prudentes (por no llamarlos conservadores) en la economía
sin sacrificar sus ideales sociales. Hoy hay menos pobres en Chile
que cuando Lagos entró al poder.
En cambio, Hugo Chávez, el presidente
venezolano que busca eternizarse en el poder más allá del 2013,
representa como el populismo, el nacionalismo y la fácil crítica
antinorteamericana, puede perjudicar a un pueblo. A pesar de los
estratosféricos precios del petróleo, hoy hay más pobres y menos
democracia en Venezuela que cuando Chávez entró al poder. Chávez,
como soldado, solo sabe usar el lenguaje del enfrentamiento -y ahí
están como muestra los recientes insultos a los presidentes de
México y Estados Unidos y a quien se le ponga enfrente- pero como
gobernante y administrador ha resultado ser muy mediocre. Además, su
alianza con la Cuba castrista sugiere poca imaginación y un muy
enlodado enquilosamiento ideológico.
El hoyo negro de la izquierda
latinoamericana es Cuba. Es incomprensible e inexcusable que líderes
que llegaron a la presidencia en elecciones legítimas y competitivas
le sigan rindiendo pleitesía al dictador cubano Fidel Castro. Es una
hipocresía mayúscula el querer democracia para los brasileños,
argentinos y uruguayos pero no para los cubanos de la isla que ni
siquiera pueden usar libremente la Internet y que son encarcelados
por expresar su oposición al régimen de 46 años.
A Castro y a Chávez, sin duda, les
encantaría secuestrar a la nueva izquierda latinoamericana. Sin
embargo, el ser demócrata es hoy en día más importante que el ser
izquierdista. Ligarse con alguno de estos dos tiranitos es un beso
de la muerte en unas votaciones libres. Vean, por poner un caso, los
malabarismos políticos que hace el candidato presidencial del
Partido de la Revolución Democrática (PRD) en México, Andrés Manuel
López Obrador, para evitar que sus opositores le pongan la etiqueta
del “Chávez mexicano”. Si la etiqueta pega, pudiera perder las
elecciones del 2 de julio del 2006.
Lo que todo esto quiere decir es que
hay de izquierdas a izquierdas. Hay una nueva izquierda eficiente,
realista, joven y democrática que todavía tiene que desprenderse de
la vieja izquierda autoritaria, violenta, reaccionaria, ególatra y
terriblemente inútil a la hora de gobernar.
Esta parece ser la hora de las
izquierdas en América Latina. Ya lo veremos en la decena de
elecciones que tendremos en el 2006. Pero para ser exitosas tienen
que dar soluciones concretas a problemas concretos. No basta con
llegar al poder. Al final de cuentas las izquierdas, como cualquier
forma de gobierno, serán medidas por sus resultados, no por sus
discursos.
Luchar por los pobres y por los más
explotados sigue siendo tan idealista hoy como lo fue durante la
revolución mexicana en 1910 o la revolución sandinista en 1979. Es
una cuestión de énfasis: es defender a los de abajo y no a los de
arriba. Pero no es hasta ahora que se da la posibilidad real de que
la mayoría de los casi 500 millones de latinoamericanos sean
gobernados por gobiernos de izquierda. A ver como nos va.
Será fácil saber si tienen éxito. Si
al final de sus gobiernos hay menos pobres y más jóvenes con buenos
trabajos, tendrán éxito. Si al final de sus gobiernos hay menos
políticos ricos, tendrán éxito. Si al final de sus gobiernos hay
menos gente que decide emigrar al norte, tendrán éxito. Si al final
de sus gobiernos hay más tranquilidad social y menos criminalidad,
tendrán éxito. Y si al final de sus gobiernos, América Latina, como
región, puede competir con China, India, Estados Unidos y la Unión
Europea, entonces y solo entonces, tendrán éxito.
Mientras tanto, la izquierda es solo
una promesa. |