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Nueva York.
Hay dos Méxicos separados por una
frontera. Y las diferencias son cada vez más claras.
Está el México de allá, el de los 103
millones de habitantes, el que está sumido en la turbulencia de las
campañas por la presidencia, el que cada año expulsa (sin querer
queriendo) a algunos de sus mejores trabajadores, el que no acaba de
llegar a la modernidad, el que siempre está a punto de…pero le falta
poquito.
Y está el México de este lado, el de
acá, al que llegamos los que nos fuimos del de allá, el que se ha
formado como una especie de isla con tentáculos dentro de otro país,
el de la reconquista cultural, el de 25 millones de personas de
origen mexicano, el que sueña sobre el otro México pero no se atreve
a regresar porque ¿para qué?
En estás frías calles neoyorquinas es
fácil encontrar a los que forman parte del México de este lado: son
los que tienen los trabajos más difíciles, los que limpian, los que
cocina y atienden los restaurantes, los que tienen las orejas y la
nariz quemadas por el horrible invierno del noreste, los que hacen,
en pocas palabras, lo que nadie más quiere hacer. Y cuando les
preguntas ¿de dónde eres? la respuesta es casi siempre la misma: de
Puebla, de Michoacán, de Oaxaca…
Me metí a la cocina de uno de los
restaurantes franceses más famosos de la zona de Soho y me encontré
con que de los 9 chefs y cocineros, 8 eran mexicanos. El otro era
dominicano. Ni uno siquiera era francés o norteamericano. Y la
comida es extraordinaria.
La población mexicana es la de más
alto crecimiento en Nueva York. Pero casi lo mismo se puede decir de
California, Texas, Arizona, Illinois o Carolina del Norte. Lo que
pasa es que el México de este lado se alimenta del medio millón de
inmigrantes que llega cada año y de todos los bebés que nacen aquí
de familias mexicanas. Somos muchos y seremos más.
Los mexicanos de este lado seguimos
conectados, de muchas maneras, al México de allá: 1 de cada 3 ha
viajado a México el último año; 6 de cada 10 ha enviado dinero a sus
familiares; y 8 de cada 10 ha llamado por teléfono, según la última
encuesta del Pew Hispanic Center. O sea, extrañamos y nos preocupa
lo que pasa en el México de por allá.
Sin embargo, mientras más tiempo pasa
más nos alejamos. Se nos olvida hablar bien el español. A veces
decimos “aseguranza” en lugar de seguro, “troca” en lugar de camión,
“parquemos” nuestro auto (no coche) y le llamamos a un “rufero”
cuando “liquea” el techo. La televisión, la escuela, la presión
laboral y la flojera nos hace saltar al spanglish.
Decimos que queremos regresar a México
pero pocos lo hacen. “Allá no hay buenas chambas” suelen decirme
como explicación. O “pos mis hijos ya nacieron aquí”. Yo vine
por un año a Estados Unidos y ya llevo 22 aquí. No soy la excepción.
Claro que nos interesa la política
mexicana, pero no mucho más que los resultados de un partido de
fútbol en el estadio Azteca o de un encuentro internacional de la
selección de México. Y esta falta de interés político e información
fue evidente durante el reciente esfuerzo por inscribir a mexicanos
para votar desde el extranjero.
De los 10 millones de mexicanos
nacidos en México pero que viven en Estados Unidos, solo unos 40,000
podrán votar por correo desde el exterior para las elecciones
presidenciales de 2 de julio. ¿Por qué tan poquitos? Porque el
congreso mexicano limitó mucho el registro de votantes, porque el
Instituto Federal Electoral (IFE) no pudo realizar una efectiva y
rápida campaña de información en Estados Unidos y porque, la verdad,
los mexicanos de acá tienen preocupaciones más apremiantes que las
de pagar 8 dólares para votar por correo.
Cincuenta y cinco de cada 100
mexicanos en Estados Unidos ni siquiera sabían que iba a haber
elecciones en México. Y solo 7 de cada 100 mexicanos de acá tenían
conocimiento de todos los requisitos para votar desde el exterior.
Eso demuestra los tristes límites de la improvisada campaña del IFE.
Al final de cuentas, República Dominicana podría tener más votantes
en el exterior que México, y eso que solo hay 670,000 dominicanos
viviendo en Estados Unidos.
Pero más allá de los problemas
organizativos y de los candados que le impuso al IFE el congreso de
México, la poca participación política de los mexicanos en el
exterior nos sorprendió a muchos. Fui de los que creyó por años que
el voto desde el exterior podría definir una elección muy reñida en
México. Y no es así. Ahora sabemos que los mexicanos en Estados
Unidos están más preocupados por su vida aquí –su trabajo, la
educación de sus hijos, conseguir casa propia, tener un seguro de
salud…- que por seguir de cerca las promesas de los candidatos
presidenciales en México.
A pesar de lo anterior, es interesante
lo que sugiere la encuesta del Pew sobre los pocos mexicanos que sí
podrán votar desde el exterior. Felipe Calderón (26%) del Partido
Acción Nacional adelanta en la intención de voto a Andrés Manuel
López Obrador (21%) del Partido de la Revolución Democrática y a
Roberto Madrazo (13%) del Partido Revolucionario Institucional
(13%). Esta visión, más hacia la derecha, contrasta con las
encuestas en México que siguen apuntando como líder a López Obrador.
Hasta en eso el México de acá parece diferenciarse, por ahora, del
de allá.
México fue cortado por la mitad hace
158 años. Los dos Méxicos que resultaron viven desde entonces ciclos
de acercamientos y alejamientos, no carentes de tensión. Y aunque
las diferencias son cada vez más patentes, ninguno de los dos puede
entenderse sin el otro. Hay dos Méxicos divididos por una frontera. |