Nos puede pasar a cualquiera. Te
subes a un avión, un tipo explota una bomba y
cataplum, todo se acabó.
Esa es la amenaza del terrorismo. A
cualquiera le puede ocurrir. Y esa es la
verdadera guerra que hay que ganar. Lo de Irak
es otra cosa. En un ratito hablamos de esa otra
guerra.
Pero empecemos por lo más básico.
Entre la gente que viaja mucho –y temo que me
tengo que incluir en esta categoría- hay solo
dos tipos de maletas: las que uno lleva consigo
como equipaje de mano...y las que se pierden.
Tengo como regla, al igual que
muchos viajeros, llevar solo lo que puedo meter
en una maleta de mano. Si no cabe no lo llevo. Y
todo lo que llevo va conmigo en la cabina del
avión. Así me he ido desde la India y China
hasta Tailandia y Australia.
No soy la excepción. Es mejor
repetir calzones que esperar horas para checar
la maleta en el aeropuerto o a la llegada a tu
destino. Claro, si llega. Hace poco vi un
reportaje de todas las cosas que se pierden en
los aeropuertos y son para hacer un museo.
Tras descubrirse el plan de explotar
10 aviones que irían de Londres a tres ciudades
norteamericanas –Washington, Nueva York y Los
Angeles- viajar se ha complicado aún más. Ya no
se puede llevar nada líquido –pasta de dientes,
desodorantes, cremas, agua para tomar,
medicinas, gotas para los ojos...- y en cada
aeropuerto cambian las cosas que te prohíben. En
Londres no te dejan llevar celular, ipod o
computadora. En Miami sí. Y en América Latina
aún no saben ni qué hacer. Depende del agente
que te toque.
Más allá de que volar ha dejado de
ser un placer, la pregunta es si vamos a llegar
vivos. Punto. Yo hice conexión a través de
Londres durante la copa del mundo junto con mi
hijo. Mi hija lo hizo semanas después y en unos
días lo hará mi madre. A cualquiera de nosotros
cuatro nos hubiera podido tocar un bombazo en el
aire. Ese es el terror de volar.
Y esa, la guerra contra el
terrorismo, es la que vale la pena pelear. No
podemos ser cautivos de un grupo de alucinados
que por motivos religiosos y un coco wash
del demonio están dispuestos a suicidarse y a
llevarse a varios más de corbata. Y todo para
encontrarse con 60 y tantas vírgenes en el
cielo.
Recuerdo con cierta nostalgia los
tiempos en que los terroristas tenían miedo de
morir. Aún recuerdo que cuando secuestraban
aviones, la policía y los negociadores asumían
que el terrorista quería vivir. Ya no.
Lo que más me sorprende de estos
tiempos de terrorismo es que haya tantos jóvenes
dispuestos a ser mártires y morir por razones
que otros, más cobardes, les enseñaron.
Como quiera que sea, a los
terroristas sólo se les gana de dos maneras.
Uno, por la fuerza –como hicieron las
autoridades británicas, desmoronando un plan que
podría haber costado miles de vidas. Y dos, a
través de los medios de comunicación a nivel
mundial. Si no convencemos a esos jóvenes
musulmanes con deseo de martirio de que nosotros
que vivimos en América y en Europa no somos los
malos de la película, nada va a cambiar.
Es esa
lucha de ideas que estamos perdiendo. Nadie le
está contando a esos muchachos quienes somos
verdaderamente. Y lo que ellos ven en Irak o en
el Líbano los radicaliza aún más.
Hay terror en el aire (cuando nos
subimos a un avión) porque hay confusión en la
tierra. La guerra contra el terrorismo no tiene
nada que ver con la decisión de Estados Unidos y
Gran Bretaña de invadir Irak. Nada.
La guerra contra Al-Kaeda y el
gobierno talibán en Afganistán se justificó por
las casi 3 mil muertes del 11 de septiembre del
2001. Pero invadir Irak y sacar del poder a
Saddam Hussein fue algo muy distinto.
Para muchos norteamericanos esa
guerra es injustificable. El 62 por ciento de
los estadounidenses –según la última encuesta de
la cadena ABC y el diario The Washington Post-
desaprueba la forma en que el gobierno del
presidente George W. Bush está manejando la
guerra en Irak. Casi 2,600 soldados
norteamericanos y más de 30 mil civiles iraquíes
han muerto. Y siguen contando.
Cuando no encontraron armas de
destrucción masiva en Irak, se inventaron que el
verdadero objetivo era llevar la democracia al
mundo árabe. Bueno, esto tampoco se ha logrado.
“Una guerra civil de baja intensidad y una
partición de Irak es un escenario más probable
que una exitosa transición hacia una democracia
estable”,
dijo recientemente y antes de dejar su puesto
William Patey, el exembajador británico en
Bagdad.
La guerra en Irak ha multiplicado,
no reducido, las amenazas terroristas.
No hay que hacerse bolas. La guerra
en Irak, a pesar de lo que escuchamos todos los
días, no debe ser la prioridad; ha sido una
carisma y mortífera distracción.
La
verdadera guerra que hay que ganar es en contra
de los terroristas que quieren destruir la forma
en que vivimos y volamos. Esa sí es una guerra
que todos podemos apoyar.