Buenos Aires, Argentina.
Acabo de hacer mi primer viaje en avión desde
que se implementaron en casi todo el mundo las
nuevas medidas antiterroristas y, tristemente,
lo he confirmado: volar en avión ya no es un
placer.
Volar
ahora en aerolíneas comerciales es como esa
terrible y vieja tortura en que dejaban caer
gotas de agua sobre la cabeza de un prisionero:
te mata, te vuelves loco o, al menos, pierdes la
paciencia.
Desde
que se descubrió un plan para explotar
simultáneamente en el aire 10 aviones que
partirían de Londres hacia Washington, Nueva
York y Los Angeles ya no se puede,
supuestamente, llevar ningún tipo de líquido
dentro de la cabina. Sin embargo, todo depende
de dónde te subas al avión y quién te revise.
Hay muchos huecos todavía en los sistemas de
seguridad.
Hace
unos días volé en una aerolínea estadounidense
de Miami a Buenos Aires y, la verdad, la
revisión fue muy básica. Me preguntaron si
llevaba alguna crema, goma, espray o pasta y les
dije que no. Me creyeron al igual que a todos
los pasajeros que iban delante y detrás de mí.
Pasamos
las maletas de mano por el equipo de rayos X y
nadie nos volvió a preguntar nada más. Pero me
quedé con la duda de si el equipo del aeropuerto
podía detectar líquidos y sustancias maleables.
Además, nadie estaba revisando manualmente el
equipaje que llevaríamos con nosotros. Eran casi
las 9 de la noche y había menos agentes en el
aeropuerto que durante el día.
Eso sí,
tuve que mostrar dos veces mi pasaporte. Antes
de las nuevas reglas, sólo había que mostrarlo
una vez al entrar al área de las puertas para
abordar los aviones.
Las cosas fueron muy
distintas cuando regresé de Buenos Aires a
Miami. Ahí nadie nos creyó nada. Luego de pasar
el equipaje de mano por la máquina de rayos X,
nos abrieron las maletas y portafolios a todos
los pasajeros sin excepción.
En el
piso, junto a los agentes, había cremas
humectantes, shampús y montañas de maquillaje y
perfumes carísimos. Los pasajeros tiraban
molestos sus artículos personales sin entender
muy bien cómo un rimel, un lápiz labial o gotas
para los ojos se podían convertir en una bomba.
“¿Por qué me quita esto?” era la pregunta que se
repetía. Y los agentes sólo contestaban, sin
alterarse: “son las nuevas órdenes.”
Cuando
tocó mi turno de la revisión, me sorprendió que
la agente me quitara una pequeñísima pasta de
dientes y una envase chiquitito de crema para
las manos; yo creía, luego de leer varios
reportes, que podía llevar conmigo cualquier
artículo con menos de 4 onzas de contenido. No
era así. Sin embargo, la agente dejó que pasara
mi desodorante líquido. No entendí muy bien
cuales eran las órdenes que ella había recibido.
Le hice caso sin repelar.
“Mientras más revisen mejor me siento”, le
escuché decir a un pasajero, “de lo que se trata
es que volemos seguros.” Asentí moviendo la
cabeza.
Por
cierto, todas las cosas que están prohibidas se
venden en el elegantísimo duty free del
aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires y se entregan
a los pasajeros en la misma puerta del avión:
bebidas alcohólicas, perfumes, maquillaje. Es
buen negocio, pero esto genera mucha confusión
para los pilotos y asistentes de vuelo que nunca
sabrán si esos artículos fueron comprados en las
tiendas libres de impuestos por una persona a la
que le sobraban unos dolaritos o son sustancias
explosivas que coló un terrorista.
Todo
parece peligroso. Ni siquiera entre los expertos
en terrorismo hay consenso sobre qué hacer.
Basta con entrar a la internet para darse cuenta
lo fácil que es hacer un explosivo.
El
problema es que los terroristas van un paso
delante de la tecnología. Hoy en día no existen
los equipos y detectores necesarios para
identificar todas las sustancias detonantes. Los
detenidos en Londres, acusados de terrorismo,
tenían pensado hacer explotar sus bombas con
teléfonos celulares y cámaras fotográficas.
Eso no
es todo. Escuché a un experto por televisión
sugerir que los terroristas pudieran seguir el
ejemplo de los narcotraficantes y tragarse las
bombas (o insertárselas en sus cuerpos y en los
de sus mascotas) para, luego, tratar de
explotarlas en pleno vuelo. Mulas terroristas. Y
para eso no estamos preparados.
La otra opción a esta barbarie es
llegar 3 horas antes al aeropuerto, checar todas
las maletas y prohibir el equipaje de mano. Un
amigo me dijo, medio en broma, que llegará el
momento en que todos los pasajeros tendremos que
volar en uniformes o pijamas, chanclas y con una
bolsita de plástico transparente para nuestra
identificación y dinero.
Esta es
la época de los malos aires.
Posdata.
¡Qué bien se la pasa uno de Buenos Aires! Sólo
por eso vale la pena pasar tantos rollos.