La triste historia de la
guerra en Irak pudiera simplificarse en un
cuento.
A un hombre le asesinan a un
hermano y -en deseo de venganza y para proteger
a su familia de agresiones futuras- decide
atacar a quien, se imagina, es el asesino de su
hermano. El problema es que no se toma el tiempo
necesario para identificar al verdadero agresor
y ataca a la persona equivocada. Al final de
cuentas se queda con dos enemigos: el que mató a
su hermano y al que agredió sin razón.
Esto mismo le ha pasado a Estados
Unidos.
Estados Unidos tenía y tiene todo el
derecho del mundo de buscar y enjuiciar a los
que planearon los actos terroristas del 11 de
septiembre del 2001. Casi 3,000
norteamericanos murieron ese día en Nueva York,
Washington y Pennsylvania.
Pero Irak y su exlíder Saddam Hussein no
tuvieron nada que ver con esos ataques.
Sí, Hussein era un tirano repugnante,
responsable de masacres atroces. Sin embargo, no
tenía armas de destrucción masiva al momento de
la invasión norteamericana en marzo del 2003 ni
ayudó a Osama bin Laden y a su red terrorista de
Al-Kaeda.
El intrépido corresponsal de guerra
argentino, Gustavo Sierra, asegura en su último
libro (Kabul, Bagdad, Teheran; Relatos desde los
campos de Batalla) que los inspectores de armas
en Irak no tuvieron tiempo de terminar su
trabajo.
“No encontramos nada, y por
lo que vimos no hay ninguna evidencia de que
tengan la capacidad para una producción masiva
de químicos o uranio enriquecido”, le dijo el
coronel argentino Gustavo Juárez, jefe de una de
las unidades de inspectores de Naciones Unidas.
“La única manera de probarlo científicamente
(era) quedándonos unos meses más y terminando
nuestro trabajo. No nos dejaron.” La guerra de
Irak se apuró.
Aquí estamos hablando de dos
guerras muy distintas. Una es la guerra contra
el terrorismo y otra, muy diferente, es la
guerra que Estados Unidos lucha en Irak.
Muchos norteamericanos creyeron
durante años la explicación oficial de que ambas
guerras estaban vinculadas. Pero ese mito
burocrático se ha desmoronado.
La mayoría de los norteamericanos (51
por ciento) cree que no existe ningún vínculo
entre la guerra en Irak y la lucha contra los
terroristas, según la última encuesta del diario
The New York Times y la cadena CBS. Y un 53 por
ciento cree que fue un error iniciar la guerra
iraquí.
Esto quiere decir que los
estadounidenses, lenta pero firmemente, están
abriendo los ojos luego de presenciar noche tras
noche por televisión los reportes de soldados de
Estados Unidos y civiles iraquíes muertos. La
cifra sobrepasa fácilmente los 30 mil. ¿Cómo
justificar tantos muertos cuando la guerra que
verdaderamente importa se está peleando fuera de
Irak?
Es cierto que en los últimos 5 años no
ha habido otro ataque terrorista como el del
9/11. Pero la inseguridad e incertidumbre son
contínuas. Osama sigue fugitivo. Madrid y
Londres han sido atacadas cruel e impunemente
por terroristas. Y hace sólo unos días se
desbarató un plan terrible que hubiera explotado
10 aviones comerciales sobre el océano
atlántico. No hay razones para sentirse más
seguros.
El periódico Los Angeles Times calculó
recientemente que se gastan 100,000 dólares por
minuto en la guerra de Irak. ¡Por minuto! Si ese
dinero se usara para encontrar a Osama y
desbaratar su red terrorista internacional
seguramente estaríamos más seguros. No lo
estamos.
A pesar de todo lo anterior, no habrá
cambio de rumbo. Al menos hasta que haya un
nuevo presidente en Estados Unidos en enero del
2009. El Departamento de Defensa acaba de
informar que 2,500 infantes de marina se sumarán
a los 138 mil soldados que actualmente hay en
Irak.
La pregunta es si ese mínimo aumento
de tropas cambiará el desenlace de la guerra. Y
la respuesta corta es un rotundo no.
La guerra que no podemos perder, la
guerra de la que dependemos nosotros y nuestros
hijos, la guerra que está definiendo cómo
viviremos en las próximas dos décadas es contra
el terrorismo. Esa es la guerra correcta. Pero
el problema –el gran problema- es que Estados
Unidos está peleando esa guerra en el lugar
equivocado.