Buenos Aires, Argentina.
Marimí vive del tango. Varios días a la semana
se va al barrio de La Boca y baila tango en la
calle para los turistas. Sus medias caladas
están corridas y su cara ojerosa no puede
ocultar el cansancio de bailar al aire libre y
en pleno invierno. A pesar de que recibe solo
algunos pesos en un botecito de metal –divididos
con otra bailarina y un bailarín- hay una enorme
dignidad en su porte y en su actitud.
Marimí, vestida de negro y rozando
los 25 años, podría ganar más dinero haciendo
otra cosa. Pero lo suyo es bailar tango. Cuando
la conocí estaba a punto de estrenar una obra
musical en un pequeño teatro de la capital.
Estaba cansada pero feliz.
La felicidad no es un sentimiento
ampliamente compartido en Argentina. O, al
menos, no lo percibí así. Entre los argentinos
hay el claro consenso de que hubo tiempos
mejores. Y así no dan ganas de sonreir.
Media hora después de aterrizar en
el aeropuerto de Ezeiza te das cuenta que
Argentina es América Latina y no Europa. Aunque
alguna vez, con Carlos Menem de presidente,
Argentina se sintió primer mundo. Era más barato
vacacionar y comprar propiedades en el
extranjero que en territorio nacional.
Con el ilusorio dinero de las
privatizaciones y los préstamos, Argentina
equiparó su peso al dolar, se declaró rica y se
salió del Movimiento de los Países No Alineados.
No somos tercer mundo, presumió Menem. Pero el
truco no duró mucho.
Cuando se acabó el dinero –porque no
había más empresas estatales que vender ni a
quien pedirle- Argentina tocó fondo, uno de cada
cinco trabajadores perdió su empleo y los bancos
no tuvieron con qué pagar a sus clientes.
En los últimos días he
hablado con decenas de argentinos y todos, sin
excepción, se han quejado de sus políticos y del
“corralito”, esa trampa que todavía hoy le
impide a los argentinos sacar su propio dinero
del banco. Sus ahorros están secuestrados.
Muchos argentinos, entonces,
arrastran esa amargura del que fue robado y
cargan el resentimiento de no ver en la cárcel a
los responsables de su desgracia nacional.
Además, oyen con frustración a los turistas con
dólares y euros decir que las cosas en Argentina
“están muy baratas”. Les incomoda darse cuenta
que otros se aprovechan de su situación.
Con el dólar a tres pesos
argentinos, el país está repleto de empresas
extranjeras que prefieren, por ejemplo, filmar
un comercial en Buenos Aires que en Nueva York.
Y dudo mucho que haya otro lugar en el mundo
donde hoy se pueda comer en un restaurante de
lujo un muy buen bife de chorizo, pasta al
dente, ensalada super fresca, y dulce de leche,
acompañado con excelente vino de Mendoza, y
pagar menos de 10 dólares.
Argentina is a great
value. Pocos países dan
más por tu dinero. Pero el shopping de
los turistas no es consuelo para los nacionales.
La mayoría es pobre y lo peor es que hay pocos
caminos para salir de ahí. El desmantelamiento
durante décadas de los programas de salud y
educación atoró la movilidad social. Ahora no
hay brinco que sirva.
La buena noticia es que Argentina
promete crecer al 8 por ciento este año y el
desempleo ha bajado al 10 por ciento. Un peso
débil ha favorecido las exportaciones y los
inversionistas están recuperando la confianza.
Argentina, no hay duda,
es más estable políticamente. Atrás quedó el
fatídico 2001 cuando tuvo cuatro presidentes en
10 días. Y a pesar de los coqueteos del
presidente Nestor Kirchner con las izquierdas
autoritarias de Hugo y Fidel, los argentinos no
quieren otra dictadura para ellos.
No, no parece haber
peligro de un regreso al pasado antidemocrático
de la Argentina. Bastante tuvieron ya con la
guerra sucia. Esa es una lección bien aprendida.
Pero Kirchner pudiera
reelegirse fácilmente a menos que le salga un
buen contendiente para las eleccciones
presidenciales de octubre del 2007. Una encuesta
del Centro de Opinión Pública (CEOP) sugiere que
sólo su esposa, la senadora Cristina Fernández,
pudiera quitarle el puesto a Kirchner. ¿Cederá
él? Y eso sí sería noticia.
De todo esto -política,
comida, tango- y más hablé con media docena de
temerarios taxistas bonaorenses, siempre
dispuestos a dar un bolantazo y una opinión a la
menor provocación. Además ¿para qué someterme a
sicoanálisis si por menos de dos dólares uno de
estos choferes puede resolver todos mis
problemas (y los de Argentina), y además, me
lleva a donde quiero?
Dejo la Argentina de Gardel, Evita,
el Ché y Maradona con la sospecha de que el país
tardará en levantarse por completo. Argentina,
como el resto de América Latina, arrastra su
historia y le cuesta siempre ver para delante.
Cuando se añora tanto el pasado hay pocas
razones para ser optimista.
Está claro que, con la
excepción de Marimí, en Argentina no se puede
vivir del tango.