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ADICTOS
AL CELULAR
Por Jorge Ramos Avalos
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| 9 de Octubre
del 2000 |
Ashville, Carolina del Norte. Estaba cenando con mi hija Paola en
un restaurantito italiano, en la falda de los montes Apalaches, cuando me di cuenta que
algo faltaba. Se respiraba tranquilidad. Nadie se movía rápidamente. Las personas en las
otras mesas conversaban casi en susurros. Se oía claramente el chocar de los cubiertos en
los platos de fettucine, carpaccio, ensalada caprese y tiramisú. Pero faltaba algo.
Claro. ¡Faltaban los teléfonos celulares!
La ciudad donde vivo -Miami- y la gente con la que
trabajo -periodistas- son tan adictos a los teléfonos celulares que mi idea de normalidad
es comer al ritmo de los riiiiings y de los biiiips. Bueno, los teléfonos de hoy en día
son tan complejos que casi podemos escuchar una sinfonía completa -no exagero- cada vez
que suenan.
Es para saber que me hablan a mí, me
comentó una amiga cuyo celular entona una canción de caballería cada vez que le llaman.
Y en eso tiene razón. He estado en reuniones donde el sonido de un teléfono celular hace
que todo el mundo se detenga a buscar si es a él o a ella a quien llaman. Hace poco, en
el cine, presencie una chistosa escena en la que personas de varias filas buscaban su
teléfono para asegurarse que no eran ellos los que interrumpían groseramente la
película. Mi amiga no tiene ese problema. Cuando la llaman, todos saben que es a ella.
Los celulares se crearon, supuestamente, para
facilitarnos la vida. Pero hay gente encadenada a ellos. No sé por qué, pero la llamada
a un celular denota cierto sentido de urgencia. Conozco a muy pocos que se pueden resistir
a la tentación de contestar la llamada a su celular. Y nunca, nunca, me ha tocado estar
con alguien que interrumpe nuestra conversación para contestar el celular y cuya llamada
ha sido, efectivamente, una emergencia. Nunca.
Un par de restauranteros en la ciudad de Seattle
saben eso y han prohibido la entrada al establecimiento a cualquiera que no apague su
celular. Punto. Quien tenga prendido su celular, no come. Un compañero de trabajo, muy
flaco, no podría ir a esos restaurantes. En el cinturón siempre trae colgados dos
celulares; uno de la empresa y otro personal. Además, carga un beeper y un agenda
electrónica (Palm VII). El no sabe desconectarse. Al contrario, para él la tranquilidad
es estar conectado y saber que cualquier persona importante en su vida -laboral o
familiar- puede localizarlo en cualquier lugar del mundo. Mi amigo no está sólo en su
adicción celular. En los Estados Unidos, 100 de los 275 millones de habitantes tienen un
teléfono celular. Y en los países escandinavos una de cada dos personas, niños
incluídos, cargan el aparatito.
Desde luego lo entiendo. It's very convenient. Cuando
mi hija de 13 años sale con sus amigas, lleva un celular. Mi mamá, mi esposa y mi
hermana cargan un celular. Y cuando dejo a mi hijo de dos años en casa, yo soy el que
lleva un celular. Pero salvo en los casos en que verdaderamente tengo que estar
localizable, traigo el celular apagado.
Y mucha gente no me entiende. Te llamé al
celular y no contestate, me reclaman, como si fuera una obligación tenerlo
encendido. En realidad, tengo una idea muy egoísta del celular; el aparatito me debe
servir a mí y no yo a él.
Lo sé. Estoy en la minoría. Donde vivo se habla por
teléfono a todas horas. Es una adicción parecida a la de la internet (pero no me quiero
quemar ese tema en éste artículo). Pero la del celular -o móvil como le dicen en
España- tiene la agravante de poderse transportar en cuatro ruedas.
Hace unas semanas leí un informe que comparaba a las
personas que hablan por teléfono mientras conducen con aquellas que han tomado alcohol
antes de manejar. En realidad no hay mucha diferencia. El celular nos fuerza a tener por
lo menos una de las manos lejos del volante y la concentración se va a millas de
distancia. Varios estados norteamericanos han intentado, sin éxito, prohibir el conducir
mientras se habla por el celular. Y en España el deporte urbano de moda es hablar por el
móvil sin que te pille la policia; ahí sí es un delito. Legal o no, los accidentes
provocados por conductores con celulares van en aumento.
Pero nada ha podido menguar ésta moderna adicción,
ni siquiera las lejanas sospechas -nunca confirmadas- de que la radiación de los
celulares supuestamente pudiera estar vinculada a ciertos tipos de cancer del cuello y la
cabeza. Las empresas de telecomunicaciones dicen que no hay ningún riesgo, pero la prensa
no ha quitado el dedo del dial. La revista Newsweek recientemente escribió un artículo
al respecto con el incómodo titular: ¿Es su celular realmente seguro?
Seguro o no, el número de usuarios continúa
aumentando y la Organización Mundial de la Salud calcula que para el año 2005 habrá en
el planeta 1,600 millones de personas usando un celular. Realmente no me puedo imaginar un
mundo sin celulares; no sé como nos las arreglábamos sin ellos. Pero eso no ha cambiado
mi filosofía celular; deben estar a nuestro servicio y no al revés.
De todo esto platicaba con mi hija Paola una suave
noche en un pequeño restaurante italiano de Carolina del Norte donde no sonó ni un sólo
teléfono celular -¡ni uno!- en toda la cena. Y qué rico cenamos. |
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