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¿PRESIDENTE
POR ERROR?
Por Jorge Ramos Avalos
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| 13 de
Noviembre del 2000 |
Miami. Los estadounidenses están aterrados ante la posibilidad de que su nuevo presidente llegue
a la Casa Blanca por error o con trampas. Cualquiera de los dos casos dejaría a un
mandatario con serios problemas de legitimidad.
La democracia se basa, fundamentalmente, en una firme convicción: el
que gobierna es quien obtiene el mayor número de votos. Y la democracia norteamericana
-la más antigüa del mundo- ha perdido el balance temporalmente porque sus ciudadanos, de
verdad, no saben a ciencia cierta quién fué el que obtuvo más votos en la Florida en
las pasadas elecciones del siete de noviembre. (Y quien gane la Florida, de acuerdo con el
arcáico sistema de votos electorales, gana la presidencia.)
Así de sencillo. La actual crisis -electoral, política,
constitucional- que enfrentan los norteamericanos se basa en que probablemente nunca
sabremos quién consiguió más votos en el estado de la Florida. Los recuentos,
electrónicos y a mano, lejos de despejar nuestras dudas han acrecentado las sospechas de
que algo está fallando. Y no importa de qué lado se vea el problema, demócrata o
republicano: la sensación de que las cosas no están bien permea a toda la sociedad
norteamericana.
Escoger a un presidente por error sería una verdadera tragedia
para los Estados Unidos. Analicemos éste escenario. Si después de todos los conteos y
recuentos el gobernador de Texas, George W. Bush, es declarado como ganador, sus
opositores demócratas denunciarían que llegó a la Casa Blanca por error.
El partido Demócrata y la campaña de Al Gore están convencidos
que más personas en la Florida salieron de sus casas el martes siete de noviembre con la
intención de votar por el vicepresidente. Pero que un error en el diseño de la confusa
boleta electoral del condado de Palm Beach ocasionó que miles acabaran votando por otro
candidato -Pat Buchanan- o anulando su voto por marcar más de una selección
presidencial.
El otro escenario es igualmente dramático y pesimista.
Supongamos que al final de todo Al Gore es declarado ganador del estado de la Florida. Y
supongamos también que lo logró en base a varios recuentos, con una nueva elección en
el ampliamente demócrata condado de Palm Beach o gracias a un ajuste estadístico
ordenado por un juez. Sus opositores republicanos denunciarían que Gore llegó a la Casa
Blanca con trampas porque nadie tiene el derecho de votar dos veces (aunque se haya
confundido al votar la primera vez) o de hacer recuento tras recuento hasta que el
resultado final sea de su agrado.
Efectivamente, las leyes del estado de la Florida determinan que
si hay una duda razonable de que los resultados de las elecciones no reflejan
la voluntad de la gente un juez tendría la autoridad de hacer un
ajuste. Pero cualquier tipo de ajuste aritmético o estadístico crearía un
antecedente de horror; sería un escándalo que un juez estatal, sentadito en su
escritorio y armado con su calculadora, determinara quién será el próximo mandatario
norteamericano. En cualquiera de los dos escenarios
-Bush como ganador o Gore como ganador- quién pierde en legitimidad es la presidencia de
los Estados Unidos. No importa ya quién gane; el próximo presidente de Estados Unidos
tendrá que vivir durante cuatro años con un manto de sospecha sobre sus espaldas. Así
de seria es ésta crisis.
Esto, desde luego, no significa que Estados Unidos se va a
paralizar política o económicamente ni que dejará de ser la única superpotencia
militar. Lo único que significa es que el próximo mandatario de norteamérica estará
obligado a tener un gobierno de coalición, de unidad nacional, si es que quiere lograr
algún tipo de respeto y efectividad.
Estados Unidos pasó muy rápidamente de la indecisión e
incertidumbre previa a las elecciones, a ser un país dividido por el voto, hasta
convertirse en una nación polarizada donde la mitad de la gente no entiende ni acepta los
argumentos de la otra mitad. Durante los últimos días ha sido prácticamente imposible
encontrar puntos en común, puentes que ayuden a salir de ésta crisis.
Escasean las voces que sugieren calma y moderación,
destacándose los gritos que piden empujones y sombrerazos. Los resentimientos son tan
grandes que ya hay llamados en ambos partidos para boicotear la toma de posesión del 20
de enero del 2001 si quien llega a la Casa Blanca es el contrincante.
Nunca pensé ser testigo de algo así en Estados Unidos. Pero al
final, estoy convencido, la democracia norteamericana aguantará ésto y mucho más. Se
tendrá que ajustar a su nueva realidad de nación políticamente compleja y empezar a
pensarse como lo que es: un país diverso, plural, multiétnico, multicultural. Y eso
será muy positivo. Estados Unidos, lo demostró está elección, no es un país
homogeneo.
Por principio, Estados Unidos tendrá que modernizar su anticuado
sistema electoral. Lo que servía en 1787 -cuando fué establecido- es obsoleto en el
siglo 21. El colegio electoral ya está agotado y debe quedarse en los libros de historia.
Para evitar problemas de legitimidad -como los que enfrentará el nuevo mandatario- el
ganador de una elección presidencial debiera ser quien obtenga más votos a nivel
popular. Punto.
Y, por favor, cambien el día de votación: que sea en sábado
y/o domingo. Los martes la gente trabaja, está ocupada, tiene otras cosas en la cabeza.
Sólo unos 100 millones de votantes -en una nación de 275 millones- fueron a las urnas el
martes siete de noviembre. Si más gente hubiera salido a votar, otro gallo cantaría. No
habría dudas -como ahora- sobre quién realmente se merece la presidencia. |
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