| Miami. Todos, absolutamente todos, nos beneficiamos del
trabajo de los inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos. Sin embargo, en este
país hay muchísima hipocresía respecto a los millones de inmigrantes que trabajan sin
papeles: los critican pero los usan; los denuncian públicamente pero los explotan en
privado; gritan que no deberían estar aquí pero no podrían vivir sin ellos.
El tema resurge cada vez que
hay un escándalo politico. El ultimo fue el que involucró a Linda Chavez, la primera
nominada por George W. Bush para ser secretaria del trabajo. Como todos sabemos, la
nominación de Chavez se descarriló cuando se descubrió que ella le había ayudado (y
pagado) a una guatemalteca indocumentada a principios de los años 90. Un incidente
similar le costó el puesto de procuradora en la administración Clinton a Zoe Bird.
Pero lo más
frustrante de todo esto es que después que explotaron los escándalos no se hizo nada
para solucionar, de una vez y por todas, las enormes contradicciones de las leyes
migratorias. En Estados Unidos es ilegal contratar a un trabajador indocumentado. Sin
embargo, la realidad es que todos los 281 millones de norteamericanos contratan, directa o
indirectamente, a estos inmigrantes.
Algunos los emplean a
pesar de sospechar o de conocer que no tienen sus documentos migratorios en orden. Ese es
el caso de jardineros, niñeras, trabajadores de fábricas y campos de cosecha
Otros, sencillamente, se benefician de su trabajo sin saberlo.
¿Quién puede
levantar la mano en Estados Unidos y decir que no se ha beneficiado del trabajo de un
indocumentado? Nadie. Nadie puede decir eso.
Cada vez que comemos
frutas o verduras cosechadas por campesinos indocumentados, nos beneficiamos. Cada vez que
vamos a un hotel donde algunos de sus empleados son indocumentados, nos beneficiamos. Cada
vez que vamos a un restaurante cuyos meseros o cocineros son indocumentados, nos
beneficiamos. Cada vez que compramos o rentamos una casa construida por albañiles
indocumentados, nos beneficiamos. Cada vez que transitamos por una calle o carretera hecha
por indocumentados, nos beneficiamos. Cada vez
En Estados Unidos
viven alrededor de seis millones de inmigrantes indocumentados -el nuevo censo nos dará
un cálculo más real- y gracias a ellos la economía de este país es una de las más
productivas del mundo. Los inmigrantes
-legales e
indocumentados- han contribuído enormemente a la prosperidad económica norteamericana.
Hacen los trabajos que nadie más quiere hacer -son realmente indispensables en el campo y
el sector servicios-, mantienen baja la inflación, pagan impuestos, crean nuevos empleos
y contribuyen 10 mil millones de dólares anuales a la economía de Estados Unidos (según
cifras de la Academia de Ciencias).
Entonces, si los
indocumentados son tan útiles y necesarios en este país ¿por qué se les ataca tanto?
¿por qué no se les protege y se les da una amnistía? Bueno, para decirlo llanamente,
por prejuicios raciales, etnocentrismo e ignorancia.
En Estados Unidos no
hay plena conciencia del problema de los inmigrantes indocumentados. Pocos saben lo
valioso que son. Y, por el contrario, muchas veces se les utiliza como chivos expiatorios.
Lo que urge es una
amnistía general para estos seis millones de inmigrantes, para que se dejen de esconder,
para que no vivan perseguidos. Lo que se requiere es una amnistía como la que normalizó
la situación migratoria de tres millones de personas en 1986. Si el nuevo gobierno de
Bush quiere ser "compasivo" con los más desamparados, pobres y desprotegidos de
Estados Unidos (como propuso en su campaña electoral), tendría que promover y aprobar
una nueva amnistía.
Pero eso, lo
reconozco, no solucionaría el problema a largo plazo. Cada año entran ilegalmente y se
quedan a vivir en Estados Unidos cerca de 300 mil inmigrantes. Esa corriente hacia el
norte es imparable mientras sobren trabajos aquí y falten en América Latina. La
migración indocumentada, más que un problema legal, es un problema económico.
Entonces sería
preciso negociar un acuerdo migratorio entre los principales países expulsores de
emigrantes en América Latina con los Estados Unidos. México es el principal expulsor de
personas hacia el norte; uno de cada seis mexicanos vive en Estados Unidos, es decir, unos
20 millones.
Y lo más cerca a un
acuerdo migratorio es la propuesta de un programa de trabajadores visitantes que
recientemente discutieron los senadores republicanos, Phil Gramm y Pete Domenici, con el
presidente de México, Vicente Fox, y varios miembros de su gabinete. Ojalá Bush y Fox
logren amarrar algo.
Las actuales leyes
migratorias en Estados Unidos promueven la hipocresía, generan violencia en la frontera,
favorecen los abusos, pasan injustamente las responsabilidades del Servicio de
Inmigración a los ciudadanos, no detienen el flujo migratorio hacia el norte ni ayudan a
plantear una solución definitiva a largo plazo. Urge modificarlas y modernizarlas para el
nuevo milenio.
Si todos los
politicos norteamericanos que se han beneficiado, directa o indirectamente, de los
indocumentados fueran obligados a dejar su puesto, no quedaría ni uno -¡ni uno sólo!-
en todo el país.
Posdata de los desastres. Muchos presidentes enfrentan
durante su mandato un desastre natural importante. A Fox en México le tocó el del
volcán Popocatepetl. Leonel Fernandez en República Dominicana tuvo el huracán Georges.
Carlos Flores de Honduras y Arnoldo Alemán de Nicaragua se enfrentaron a los destrozos de
Mitch. Con esos desastres los presidentes ponen a prueba su liderazgo. Hay dos ejemplos
que no se deben seguir. En 1999 el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, desapareció
durante varias horas en unos momentos cruciales tras las peores inundaciones en décadas.
Y el caso más patetico es el del expresidente mexicano, Miguel de la Madrid, quien se
tardó días en pedir ayuda extranjera tras el terremoto de 1985 en que murieron 10 mil
personas; cuando rectificó, ya era demasiado tarde.Y ahora con el terremoto de El
Salvador, Francisco Flores, tiene que demostrar que está a la altura de las
circunstancias y que puede levantar al país. Ningún desastre natural puede acabar con un
buen líder. |