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| FOX EN EL OIDO
Por Jorge Ramos Avalos
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| 26 de Febrero
del 2001 |
Ciudad
de México. Llegué a la residencial oficial de Los Pinos y el presidente Vicente Fox no estaba ahí.
En realidad no lo esperaba. Era un sábado un día después de su encuentro con el
mandatario norteamericano George W. Bush- y Fox había decidido quedarse en su rancho de
San Cristóbal.
Me
habían invitado a participar en un programa de radio junto con el escritor Carlos Fuentes
y el flamante presidente mexicano. Fuentes y yo estaríamos en Los Pinos, Fox en
Guanajuato y los tres conversaríamos largo y tendido.
El
plan sonaba muy bien. Compartir una hora con Fuentes es un verdadero lujo. No sólo es
alguien que escribe como se le pega la gana, ensayo, comentario o ficción, sino que es de
los pocos que conoce bien el lugar de México en el mundo y en la historia; Fuentes es una
brújula para los mexicanos. Además, su pluma, su crítica y su visión contribuyeron a
que el país entrara en esta nueva etapa verdaderamente democrática.
Y
una hora con Fox, aunque fuera de lejitos, sería sin duda una extraordinaria oportunidad
de meterse en su sombrero y en sus botas. ¿Qué le pudo sacar a Bush? ¿Le molestó que
decidiera bombardear Irak y visitar México el mismo día? ¿Cómo piensa acabar con 60
millones de pobres? ¿Aguantará el cerco que le quiere poner a los narcos y a la
delincuencia? ¿Cuántos minutos le quedan para lograr la paz en Chiapas?
Pero
el ánimo populachero le jugó una mala pasada a Fox. El presidente se quedó atorado con
los bailables y los agradecimientos interminables durante la inauguración de una escuela
y se enchufó al programa de radio cuando quedaban menos de 20 minutos. Carlos Fuentes y
yo no pudimos hacer más de tres preguntas; Fox tenía un montón de cosas que contar y
sus respuestas tienden a ser hoy bastante más largas que durante su campaña electoral.
Y
me quedé con ganas de más. Aún no sé medir bien a este líder que tantas esperanzas ha
traído a los mexicanos. Una encuesta que leí situaba a México en el séptimo lugar de
la lista de los países más optimistas del mundo. Y el número de mexicanos cruzando la
frontera hacia Estados Unidos se ha reducido considerablemente en comparación con el año
pasado. ¿Cómo se explica esto? Bueno, de acuerdo con varias interpretaciones, es el
factor Fox.
A
la luna de miel de México con Fox aún le quedan unas gotitas. En parte esto se debe
creo- al estilo directo, sencillo, accesible, del nuevo mandatario ya que ha sabido
tomarle el pulso a lo que quieren los mexicanos. No he tenido la oportunidad de verlo muy
de cerca pero lo que he visto contrasta enormemente con las presidencias priístas.
Lo
he entrevistado dos veces, brevemente, y estuve presente cuando dió un improvisado tour de su rancho antes de la llegada de Bush. También fuí testigo ocular del informal
almuerzo que ofreció, junto con sus más cercanos asesores, a la delegación
norteamericana. Comida que, dicho sea de paso, culminó con sendos puros en las bocas de
muchos asistentes, Fox y Bush incluídos. Salvo esos momentos y los discursos que le he
escuchado por televisión, no he tenido más contacto. Pero la vibra a su alrededor sigue
siendo buena. Hay muchos jóvenes y mujeres trabajando para él. Por ejemplo, en el equipo
que produjo el programa sabatino de radio, muy pocos pasaban de 30 años.
Y
no es únicamente su aversión a las corbatas y su debilidad por las botas lo que proyecta
naturalidad y confianza. A Fox, parece, todavía no se le ha subido el poder a la cabeza.
No grita, no patalea, no levanta el dedo acusador, no tiene tintes de autoritarismo.
Ernesto Zedillo, en cambio, se transformó en muy poco tiempo de un funcionario de segunda
a un presidente prepotente incapaz de escuchar y de autocriticarse.
Mis
observaciones, desde luego, son meramente anecdóticas y no se basan ni en el programa de
gobierno de Fox ni en lo que ha hecho o dejado de hacer en sus tres meses como presidente.
Tampoco quiero hacer un refrito de los temas tocados durante las entrevistas. Pero sí
quisiera levantar la banderita de alerta sobre tres aspectos.
Primero,
es cierto que Fox le ha regresado la esperanza a los mexicanos. Pero después de cierto
tiempo cuando sólo quede el recuerdo de la miel de la luna- le van a exigir
resultados. Igual en Chiapas que en los bolsillos que con los inmigrantes mexicanos en la
frontera. Fox no debe acabar como Andrés Pastrana. El presidente de Colombia es el mejor
ejemplo de cómo las buenas intenciones sin resultados concretos- pueden convertir a
un mandatario en un político impopular e ineficaz.
La
segunda banderita de alerta tiene que ver con las palabras. Aprecio enormemente a un
presidente (como Fox) que le sabe hablar de tú a los mexicanos y que no trata a la prensa
como si fuera su enemiga, en contraposición con las declaraciones ininteligibles,
acartonadas, infrecuentes, incongruentes, extirpadas con pinzas y llenas de mensajes entre
líneas de sus predecesores del PRI. Pero Fox parece hablar cada vez más. En el mundo de
los medios de comunicación electrónica en los que me desenvuelvo -el mundo del sound
bite- una respuesta de cinco o seis minutos por cada pregunta es una eternidad.
El
tercer asunto es el peligro de los aduladores. Todo presidente tiene su grupito de fans y pocos se atreven a pararlo en seco y decirle no. Lo más difícil para
cualquier líder debe ser el mantenerse con los pies en la tierra en un universo de
halagos, sonrisas forzadas y chupamedias. En una reciente entrevista con el presidente de
los Estados Unidos, George W. Bush me confesó que desde que llegó a la Casa Blanca la
mayoría de la gente que lo visita se la pasa alabándolo
menos su asesora Karen
Hughes. Ojalá que Fox también tenga a alguien que le pueda decir, sin miedo: Oye
Vicente, bájale un poquito o ten cuidado con esto. Eso es vital, tanto
para el éxito de su presidencia como para el bien de México.
En
todo esto pensaba mientras tenía a Fox en el oído.
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