Isla Hayman,
Australia. Mientras los guerrilleros zapatistas alargan su bienvenida triunfal en la
ciudad de México, mientras los británicos matan sus vacas locas para evitar un contagio
planetario y mientras los inversionistas asiáticos observan aterrados los coletazos de la
bolsa de valores de Nueva York, yo estoy perdido en una isla de la costa noreste
australiana. Y no es que no me importe lo que pasa en el mundo sino que, precisamente, me
fui tan lejos de casa para desconectarme por unos días de las cosas importantes. Vivo de
las noticias así que unas buenas vacaciones significan olvidarse de diarios, revistas,
noticieros, cartas, telefonazos, bomberazos, faxes y correo electrónico.
Aquí
he reducido mis preocupaciones a lo más básico -cómo está el clima, qué voy a
comer
- y mis preguntas no tienen mayores consecuencias: ¿duermo otro rato o me
pongo el traje de baño para ir a la playa? ¿leo o camino por la montaña?
De
vez en cuando el mundo se trata de colar con pedacitos de noticias escondidas en el
televisor del hotel, en periódicos atrasados, con el desplome del dólar australiano o
colgando de la sorpresiva derrota de Australia frente a la India en cricket. Pero
rápidamente me lo quito de la mente como el sudor sobre la frente; de un manotazo y sin
pensarlo.
Hacía
mucho tiempo que quería venir a este rincón del mundo. Bueno, no sólo a esta islita
que me ha servido de puente y refugio- sino, sobre todo, al Great Barrier Reef, esa gran barrera de coral que
es el único organismo viviente que se puede ver desde el espacio. Mide mas de dos mil
kilómetros de largo como la frontera entre México y Estados Unidos- alberga a 400
especies distintas de peces y trillones de corales.
Como siempre ocurre, nada es perfecto. El día que tenía planeado volar en helicóptero
los 60 kilómetros que separan a la isla del Great
Barrier Reef estaba lloviendo a cántaros y soplaban vientos huracanados. En esas
condiciones me imaginaba al helicóptero de cuatro plazas como una mosca en regadera. Pero
al intrépido piloto no le importó mucho las predicciones del tiempo y me aseguró que en
el mar abierto el sol brillaría. Tuvo razón. La experiencia de esnorkelear sobre esos corales fue extraordinaria.
Incomparable. Bien valió la pena la espera y los vaivenes de la mosca.
Creí
que me iba tomar más tiempo desconectarme, como en viajes anteriores. Afortunadamente me
equivoqué. Sirve estar tan lejos; de hecho, hubiera sido difícil irse más lejos. Tuve
que tomar tres vuelos y un barco para llegar hasta aquí. Fueron más de 21 horas en el
aire y un ratito en el mar. Y sirven, también, las 15 horas de diferencia con la costa
este de los Estados Unidos. Vivo en otro ritmo. Cuando yo me duermo allá se despiertan.
Cuando me levanto, allá se ponen la pijama.
En
verdad, al aterrizar en Sydney mi punto de entrada a Australia- ya tenía la cabeza
en otro lado, no sólo por el monstruoso jet lag sino por la expectativa de conocer algo distinto. Nunca se me hubiera ocurrido en otra
parte del mundo ir a visitar una antigua cárcel. Aquí es lo que hacen los turistas.
Irónicamente,
este país-isla-continente que se formó en el siglo 19 como una colonia penal del imperio
británico es hoy, en muchos aspectos, un ejemplo de civismo y buen vivir. El famoso
saludo gday, mate, más que cliché, es
una amable y extendida costumbre, y en los restaurantes no chillan, incontrolables, los
teléfonos celulares. Aún me arrepiento de haber llegado seis meses tarde a las
olimpíadas, sin duda, las mejor organizadas de la historia.
Sydney
está inundada de conciencia ecológica, zonas verdes y vistas panorámicas de la bahía.
Es una ciudad moderna pero caminable; nada queda lejos del edificio de la ópera, esa
visionaria construcción blanca en forma de almejas enterradas en la arena. La aparente
mayoría de sus habitantes son tolerantes en el arte, con los niños, con los
discapacitados, los homosexuales, los distintos. Sydney abraza, no expulsa.
Su
zoológico, oculto en el parque Taronga, me enseño tres lecciones vitales: una, los osos
koala esconden en su tierno pelambre y mirada inofensiva una manía destructora armada con
uñas como garra; dos, los canguros no saben saltar para atrás; y tres, ojalá que los
canguros supieran saltar para atrás porque aún no me recupero de la impresión de que
los australianos se los comen. (Sería para mí como comerme a mi perro Sunset o a mi gata
Lola.) No, los canguros no están en peligro de extinción pero no me he atrevido a darle
una mordida a Skippy ni a comer carpaccio de
avestruz.
Dejando
a un lado la gastronomía canguril, los australianos están batallando con su herencia
aborigen, su pasado colonial y racista, su presente todavía ligado a Gran Bretaña y su
futuro multicultural, aunque no parece haber serios dolores de parto. Pero cualquiera que
sea el resultado de este experimento, el deseo de vencer el aislamiento del mundo
esa característica de todo isleño- seguirá predominando.
La
tiranía de la distancia tiene rasgada el alma australiana. Australia queda lejos de todo.
Y esto me lleva a mi regreso. El sábado vuelvo a Estados Unidos y ese será el día más
largo de mi vida.
Aún
me cuesta trabajo entender cómo puedo salir de Sydney a las siete de la noche y llegar a
Los Ángeles a la una y media de la tarde del mismo sábado. ¿Le gané seis horas y media
a la vida? ¿Soy unas horas más joven que antes de partir de Australia? Esto tiene que
ver, por supuesto, con el hecho de que el vuelo hacia Estados Unidos cruza la línea
internacional que determina la hora mundial. El caso es que tendré un día de 39 o 40
horas, el más largo de mis 43 años.
Pero
lo mas difícil no será, estoy seguro, el jet lag.,
la nariz reseca, el cansancio o las nalgas aplastadas. No, lo más difícil será dejar
esta semifantasía y volverme a adaptar al mundo de las noticias donde los guerrilleros
zapatistas, las vacas locas y el subeybaja de
Wall Street no permiten parpadear y tienen prohibidas las siestas.
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