Si las tendencias electorales
se mantienen, el próximo alcalde de la ciudad de Los Angeles hablará español y se
llamará Antonio Villaraigosa. Y eso, en realidad, no debería sorprender a nadie en una
ciudad donde el 46 por ciento de sus 3 millones 700 mil habitantes son de origen latino.
Lo que ciertamente debería sorprender y hasta horrorizar es que hayan tenido que pasar
128 años para que un hispano esté, otra vez, al frente de Los Angeles.
Los Angeles
siempre ha sido una ciudad latina. Siempre. El cuento va más o menos de esta manera: Las
44 personas escogidas por los misioneros españoles en 1781 para establecer el Pueblo de
Nuestra Señora la Reina de Los Angeles del Río Porciúncula hablaban castellano. Y desde
el inicio de la guerra de la independencia de México en 1810 hasta la venta de la mitad
del territorio mexicano a Estados Unidos en 1848 (por 15 mugrosos milloncitos) la
presencia hispana predominó. De hecho, por ahí de 1835 sólo había 29 ciudadanos
norteamericanos registrados en Los Angeles.
Ya bajo control norteamericano, la fiebre del oro, el ferrocarril, la ganadería y la
ilusión de un territorio sin límites, atrajo a Los Angeles a pecadores, soñadores, cowboys y aventureros. La población de origen mexicano se asimiló a una nueva realidad política
y al poco rato los blancos anglosajones se convirtieron en mayoría. Pero la herencia y
origen hispano de Los Angeles nunca desapareció. Estuvo latente por 150 años y registró
un extraordinario crecimiento en las últimas tres décadas.
Así ocurrió la reconquista.
California se repobló con mexicanos (debido a altos niveles de natalidad hispana y una
constante migración del sur) y cuando los blancos anglosajones abrieron los ojos una
mañana de enero del 2000, se dieron cuenta que otra vez como antes de 1848- eran
una minoría; había más latinos, negros y asiáticos que blancos. Y aquí termina el
cuento. Sería una feliz coincidencia que un año después que se concretó la reconquista
cultural, la mexicanización de California, su ciudad más importante Los Angeles-
tuviera a un hispano como alcalde. Justicia poética.
Conozco relativamente bien esta ciudad. Aquí llegué proveniente de México en 1983,
en una especie de exilio autoimpuesto, y ya para entonces había zonas enteras de Los
Angeles donde no necesitaba el inglés para hacerme entender. Los Angeles, como en la
época del oro y del viejo oeste, se convirtió en un lugar para buscar refugio, para
rehacer la vida, para aquellos con una imaginación indomable. No es extraño, pues, que
la industria del cine haya florecido aquí, en la zona de Hollywood, donde hay un
superavit de imaginación y sueños. Aquí han llegado de todos lados.
Así, en Los Angeles hay más mexicanos que en cualquier otro lugar después de la
ciudad de México, más salvadoreños que en cualquier lugar después de San Salvador,
más guatemaltecos que en cualquier lugar después de ciudad de Guatemala, más taiwaneses
que en cualquier otro lugar después de Taipei, más coreanos que en cualquier otro lugar
después de Seúl, mas Filipinos que en cualquier lugar después de Manila
Los Angeles es muchas cosas para mucha gente. En sus escuelas se hablan más de 30
idiomas y es la ciudad multicultural, multiétnica, por excelencia. Aquí no en
Miami, no en París, no en Hong Kong, no en Estambul, no en el Cairo, no en Johanesburgo-
es donde se juntan Asia, Africa, Europa, América y Oceanía. Los Angeles es el ombligo
del mundo.
Pero resulta, para nuestra suerte, para nuestro orgullo, que en Los Angeles hay más
latinos que cualquier otro grupo y que por fin están reclamando lo que les corresponde.
Resulta increíble que pocos años después de sufrir las políticas racistas y
antiinmigrantes de gente como Pete Wilson, Bob Dornan, Pat Buchanan y otros xenófobos,
los latinos de Los Angeles se estén vengando con el voto.
Gracias a iniciativas discriminatorias y malintencionadas como la proposición
187 que hubiera quitado la atención médica y las escuelas a los inmigrantes
indocumentados- los latinos respingaron, se convirtieron en ciudadanos en cifras record y
están sacando del poder, a voto limpio, a quienes los querían joder. Así de simple. En
1993 sólo el 8 por ciento de los votantes en Los Angeles eran hispanos; hoy son el 21 por
ciento.
Antonio Villaraigosa, un barrio boy del Este de Los Angeles, probablemente será
el primer alcalde latino desde 1872. Ya era hora. Pero si por azares y malabares su
contrincante James K. Hahn se llevara el triunfo en las elecciones del martes cinco de
junio, detrás vendrían otros hispanos llámense Bustamante, Baca, Aguirre o
Sanchez- a reclamar lo que por tantos años les fue negado. Es decir, dirigir los destinos
de su ciudad. Porque, después de todo, Los Angeles se escribe español.